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	<title>Rafael Berrio</title>
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	<description>crónicas</description>
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		<title>del discofórum Kafea eta Galletak.</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 19:11:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafaberrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[The Velvet Underground. “El tercer álbum”. Aparecido en marzo de 1969. He aquí el tercer álbum de The Velvet Underground, llamado simplemente y sin más añadiduras “The Velvet Underground”, (un título ciertamente extravagante para ser el tercer álbum de una banda). Veamos la portada: Una instantánea sobre fondo negro tomada en los divanes de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2012/02/velvet-underground2.jpg"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-306" title="velvet-underground" src="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2012/02/velvet-underground2-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a></p>
<p><span style="text-decoration: underline;">The Velvet Underground. “El tercer álbum”.</span></p>
<p><span style="text-decoration: underline;">Aparecido en marzo de 1969. </span></p>
<p>He aquí el tercer álbum de The Velvet Underground, llamado simplemente y sin más añadiduras “The Velvet Underground”, (un título ciertamente extravagante para ser el tercer álbum de una banda). Veamos la portada: Una instantánea sobre fondo negro tomada en los divanes de la famosa <em>Factory</em> de Andy Warhol. Doug Yule y Moe Tucker miran a Lou Reed. Este exhibe sonriente una revista en sus manos. Sterling Morrison parece ausente mirando fuera de plano. Esto es significativo. Luego veremos porqué.</p>
<p>Fijemos  lugar y  tiempo: En noviembre de 1968 daban comienzo las sesiones de grabación de este disco en los estudios <em>TT&amp;G</em> de Sunset Boulevard, en la ciudad de Los Angeles. Sólo unos meses antes, los constantes conflictos de soberbia y excesivo amor propio entre Lou Reed y John Cale habían acabado por desmembrar la gloriosa formación original. No hay acuerdo en si fue Cale quien se marchó dando un portazo, o fue Reed quien despidió a Cale. De cualquier modo, la leyenda dorada de los primeros tiempos había terminado. Reed ha tomado ahora el control absoluto del grupo y sustituye al irreemplazable John Cale por un amigo bostoniano que habían conocido en sus giras anteriores: Doug Yule.</p>
<p>El ambiente en las sesiones de grabación es un remanso de paz. Quizá demasiada paz. Para colmo, el destino ha querido que la parafernalia electrónica de ruido y distorsiones les haya sido robada en el aeropuerto entre New York y Los Angeles. En cuanto al equipo humano, la buena de Moe Tucker permanece fiel a Reed aunque no sin reparos y con algo de mala conciencia. Sterling, que todavía no ha perdonado a Lou la usurpación <em>de facto</em>, opta por una actitud de indiferencia apática. El repertorio ya no le emociona y empieza a pensar en terminar su carrera universitaria en el <em>City College</em>, abandonada unos años antes. Doug Yule es un recién llegado, un buen chico inocente que no sabe de qué va la cosa. Después que desapareciera el glamour de la primera época con Warhol, Nico, <em>The factory</em>, etc,  ya sólo eran Lou Reed y su grupo de acompañamiento.</p>
<p>Veamos ahora el repertorio grabado. A primera vista se trata de una colección de baladas agridulces entre las que destaca una rara avis genuinamente<em> velvetiana</em> como es la titulada “The Murder Mystery”. Hay quien dice que este álbum es una obra conceptual. Una ópera urbana acerca de la redención y el resurgimiento. Bien: hay que poner en duda esta teoría. Desde el origen de los tiempos, la crítica de arte encuentra obras conceptuales hasta por debajo de la cama. Lo más probable es que Lou Reed simplemente escribiera todos estos temas por la misma época y bajo un mismo sentimiento, o más exactamente, bajo una misma resaca de anfetaminas y ginebra.</p>
<p>“Candy Says” abre el álbum. Se trata de una de las baladas más famosas de Reed. Una joya de sensibilidad y un texto realmente inquietante y enfermizo que tiene por protagonista a una pobre chica lunática. Le sigue la enérgica “What Goes On”, que contiene uno de los solos de guitarra “no virtuosa” más impactantes de la historia del Rock. El hilo de la letra no deja lugar a dudas: Aquí hay dos adictos a la anfetamina Dios sabe haciendo qué cosas. Tercera canción: “Some Kinda Love”. Una secuencia Re-Sol interminable muy clásica de Velvet. Aquí Reed canta con toda el vicio y la lujuria de que es capaz ciertas ambigüedades nada claras que acaso tengan que ver con la práctica del sexo “frío” puramente psicológico, habitual entre drogadictos.</p>
<p>Vamos con la cuarta: “Pale Blues Eyes”, otro clásico a través de los tiempos. Una de las mejores baladas de <em>El Terciopelo</em> <em>Subterráneo</em> hechas para demostrar cuánto hay de verdad en el precepto “Menos es más”. Una maravilla de canción cuya letra arranca con unos primeros versos no exentos de humorismo.</p>
<p>La siguente canción es realmente chocante para un grupo como fue The Velvet. Se titula “Jesus” y es una invocación explicitamente cristiana a encontrar el camino de la virtud y la iluminación. Ellos, que apenas dos años antes exhibían látigos sadomasoquistas, vomitaban dexedrina y despreciaban todo aquello que sugiriese el rollo de comunión hippy. Cuestiones al margen es una composición admirable y tan moderna que parece escrita ayer mismo.</p>
<p>Seguimos adelante: “Beginning To See The Light” es un Lou Reed en estado de gracia. Euforia drogota y diversión algo gamberra para una secuencia de acordes de ritmo irresistible. Acaso revele segundas intenciones maliciosas el hecho de que este libertino e irónico “Beginning To See The Light”  vaya detrás del compungido “Jesus” de los descarriados. .. Nunca lo sabremos.</p>
<p>Siguiente tema que hace el número siete en el listado:  “I`m Set Free”. Una composición inspiradísima en el tono solemne clásico de la Velvet donde Maureen Tucker demuestra su maestría tocando los tambores. En cuanto a la letra, de nuevo la redención, la nueva vida: La que todo yonki se promete para sí en sus horas bajas y jamás logra cumplir. Nada transcendente: sólo eso, lo de siempre.</p>
<p>El siguiente tema propone cuatro únicos versos maravillosos y apenas dos minutos de música. “That`s the Story of My Life” es la quintaesencia del álbum, donde contrasta la tonalidad algo payasa de los acordes con la afligida interpretación de Lou Reed. Una perita en dulce en todo caso.</p>
<p>La penúltima canción es “The Murder Mystery”. Ya hemos hablado al principio de ella. La más genuinamente Velvet en cuanto a su tono experimental y vanguardista. Aún hoy en día sorprende la audacia del planteamiento: Sobre un ritmo trepidante dos voces simultáneas, completamente balanceadas, escupiendo palabras sin cesar: La de Lou Reed a la izquierda del estéreo y la de Sterling Morrison a la derecha. Cada uno de ellos encastillado en su propio ritmo y, lo que es más importante, en su propio discurso, solo interrumpido por partes “b” en las que Moe Tucker y Doug Yule, también de manera superpuesta, entonan sus versos correspondientes. Una verdadera locura. La canción termina con una coda progresiva de casi tres minutos, momento cumbre de la historia del arte abstracto, punto crucial de inflexión para las disciplinas de vanguardia, ejemplo inmortal y glorioso que pone de manifiesto hasta dónde puede llegar, hablando en términos artísticos, el desquiciamiento humano. En definitiva, una experiencia inolvidable que uno quisiera no haber escuchado nunca para poder escuchar por vez primera.</p>
<p>Para terminar, el disco no podía clausurarse sino con la entrañable y ya clásica “After Hours” cantada con toda la inocencia del mundo por Maureen Tucker. Una pieza mínima con cierto aire de music-hall no tan cándida como a primera vista parece. Y es que con The Velvet Underground siempre pasa eso. Que las apariencias engañan.</p>
<p>Ojalá The velvet Underground les guste a ustedes tanto como me gustó a mí cuando aún vivía el que suscribe en la casa familiar, con sus hermanos y sus padres, en los años que jamás regresarán.</p>
<p><em>Rafael Berrio. </em></p>
<p><em> Donostia, noviembre de 2011.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> A Iñaki Berrio e Ignacio Juliá, </em></p>
<p><em> en señal de gratitud y reconocimiento.</em></p>
<p><em>Este escrito contiene ciertos datos y citas extraídos del libro “Feed-Back, La leyenda de los Velvet Underground”, escrito por Ignacio Juliá y editado por Ruta 66 ediciones,1986.<br />
</em></p>
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		<title>1971 en Libertad-8.</title>
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		<pubDate>Tue, 10 May 2011 14:38:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafaberrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Jueves, 5 de mayo de 2011. Despierto a buena hora traspasado suavemente por el trajín de la calle. La habitación es amplia e inmaculada. Si no fuera por las dimensiones del lecho casi se diría que monacal en su blanca sobriedad. Tras las persianas el día luce espléndido sobre Madrid con su clásico cielo transparente. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2011/05/5-de-mayo-2011.jpg"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-293" title="5 de mayo 2011" src="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2011/05/5-de-mayo-2011-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a> Jueves, 5 de mayo de 2011.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Despierto a buena hora traspasado suavemente por el trajín de la calle. La habitación es amplia e inmaculada. Si no fuera por las dimensiones del lecho casi se diría que monacal en su blanca sobriedad.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras las persianas el día luce espléndido sobre Madrid con su clásico cielo transparente. Tengo toda la mañana para mí y sólo una obligación mínima: Encontrarme en algún sitio con mi agente para recoger la guitarra española con la que tocaré esta noche.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Ya desayunando me he encontrado algo fatigado, en baja forma. Una ligera jaqueca a pesar de haberme acostado más o menos sereno y haber dormido más de siete horas. Temo una vez más que me haya entrado el síndrome de Madrid. Y efectivamente: Quizá la contaminación, o la sequedad del aire, o el factor psicosomático, quién sabe. Lo único evidente es que noto los síntomas de una mini-gripe en ciernes.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">En el corazón de este plácido barrio de Chamberí, en la plaza de Olavide, he buscado una farmacia donde poder comprar maniáticamente aspirinas genéricas y Rinomar. Algo que no me puede faltar nunca en cuanto dejo atrás los verdes valles de mi Guipúzcoa. Haciendo la cola de la botica he contemplado una escena realmente interesante en términos sociológicos entre las tres farmacéuticas y otras tantas señoras achacosas de la tercera edad. ¡Y qué simpatía a raudales, con cuánto cariño se trata aquí a la gente! ¡Qué pueblo tan admirable el madrileño!</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Mi cita con Sergio se fija en la calle Sevilla, en pleno centro de la ciudad. Buscando el hotel Asturias he recordado de pronto que hace 25 años yo estuve en ese hotel con Shanti Ugarte. No fue en la gira del Donosti-Sound, porque entonces nos alojamos en el hostal Trevinka, donde conocían a Ugarte&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">¿Sería en algún viaje posterior, cuando intentaba vender nuestro primer disco a la Wea? No recuerdo las circunstancias pero estoy seguro de que era este preciso hotel. Tengo que consultar, me digo, con José Manuel  Puerto, que tiene mejor memoria que yo.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">En la recepción he preguntado por mi agente y el nombre que pronuncio ha sido oído por dos personas que en ese momento cruzaban el hall del hotel con sus guitarras al hombro. Con un acento marcadamente gallego me confirman que Sergio está a punto de bajar. Son dos de los músicos de <em>Luar na Lubre</em> sospecho.</p>
<p style="text-align: justify;">Por las barbas y medias melenas que lucen no se puede negar que desmientan los modos de la “folk-music”.  Y hacen bien. Al fin y al cabo ellos son más verídicos que nosotros, los hijos del rock, copiando siempre a los “negritos de los Estados Unidos” como dice Plá en un libro suyo de los años 50 que estoy leyendo estos días.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Aunque compartimos agencia de management, ellos, obviamente, no me conocen de nada y yo mismo tengo que hacer mi propia introducción. En estos casos echo de menos no llevar encima una tarjeta comercial impresa.</p>
<p style="text-align: justify;">-<em>Rafael Berrio, encantado. Toco esta noche en un café de Chueca y Sergio tuvo la amabilidad de traerme la guitarra desde San Sebastián. Vengo a buscarla.       -</em>Y continúo para romper el hielo:</p>
<p style="text-align: justify;"><em> -¿Vosotros seréis Luar na lubre, verdad? Ya sé que tenéis bolo también esta noche en La Vaguada&#8230; </em></p>
<p style="text-align: justify;">-<em>¿Y cómo lo has sabido? </em>-me responde suavemente uno de ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">La intentona de comunicación resulta un callejón estrecho así que decido retirarme discretamente y esperar en un rincón del foyer.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Finalmente baja nuestro común factótum sonriendo despreocupadamente como de costumbre. Apenas toca el suelo con los pies y parece que flotara andando. Luce estrafalariamente una chapa de Bob Esponja en la cazadora y la camiseta se le sale revuelta por entre el jersey. Tan corto éste, o tan bajo el pantalón, que se le adivina la goma estampada del calzoncillo en la cintura. Genio y figura, y así siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">De nuevo en Chamberí, con la guitarra ya en mi poder, me dispongo a comer en una taberna familiar muy próxima a la casa donde estoy alojado y que ya conozco bien de otras veces.</p>
<p style="text-align: justify;">La tabernita es muy estrecha, con una alta barra de madera  oscurecida por los años. A lo largo de la pared contraria hay  tres mesas muy chicas forradas con un hule algo fatigado, con dibujos de grandes amebas color ocre. En lo alto, por encima de la puerta, se alza un televisor que ya ha perdido su nitidez.  Nada del otro mundo. España pura.</p>
<p style="text-align: justify;">El marido atiende la barra. Su señora sale y entra de la diminuta  cocina con los platos. Solo estamos los tres y yo soy el único cliente, el centro de las atenciones. Por ocho euros el menú del día no se puede pedir más.</p>
<p style="text-align: justify;">Eso sí, me doy cuenta que al parroquiano que entra más tarde, cuando yo  casi estoy a punto de levantar la mesa, le han enumerado varios platos primeros, mientras que a mí me han engatusado obligándome a comer la ensalada campera sin otra opción como entrada.</p>
<p style="text-align: justify;">De cualquier manera no estaba nada mal aliñada, con su tomate fresco, su atún y sus judías blancas.</p>
<p style="text-align: justify;"><em> -¡Cóbrese cuando pueda, jefe!</em></p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Reuniendo montañitas de migas de pan mientras espero a que me traigan los cambios oigo distraidamente en el telediario las diversas reacciones al fallo del Constitucional acerca de Bildu, o de Sortu, y de sus consecuencias negativas, según declara Esperanza Aguirre. Estando como estoy en Madrid me alegra ver a alguien tan local y tan del paisaje como es Esperanza Aguirre.</p>
<p style="text-align: justify;">Si hubieran mostrado por la tele: “Rehabilitación de la Plaza de Neptuno”, o bien, “Cortado el acceso a la M30”, me hubiera alegrado lo mismo, haciéndome la ficción de ser un madrileño más.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Cruzo la calle a paso ligero en dirección al apartamento, tentado de echar a correr, con el fin de que no se me pase la somnolencia que de forma automática me entra a estas horas de la siesta. Es cuestión de 25 minutos.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">No estoy muy seguro pero creo que he descabezado un sueñecito con éxito. Es algo fuera de lo común en un día de concierto y estoy contento por ello. Tengo varias horas por delante para preparar el repertorio y todos los rituales neuróticos que han de efectuarse antes de salir hacia el escenario.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">En la gran mesa de trabajo de esta casa despliego los folios con las letras de las canciones fotocopiadas a doble cuartilla, esto es, tamaño A3 apaisada.</p>
<p style="text-align: justify;">Primero reviso el tono de las canciones para evitar que se repitan en dos consecutivas. No se puede acabar una canción en Mi y empezar la siguiente en&#8230; Mi. Es imperdonable y además sería estúpido.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Recorto 15 papelitos en donde escribo el título de una canción en cada uno de ellos. Luego los voy combinando sobre la mesa pensando en un orden. Primera, segunda&#8230; Vuelvo a empezar.</p>
<p style="text-align: justify;">Realmente me doy cuenta que es una tontería y una manera de matar este tiempo crítico.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Cuando tengo claro el orden voy colocando los folios como si de un cuaderno se tratara, encolando con Prit removible el dorso de las hojas entre sí. Cualquiera que me viera podría pensar que soy un repetidor de octavo de EGB, ya bien talludito, haciendo su  examen final de trabajos manuales.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Saco las cejillas. Llevo siempre dos por si ocurriera que pierdo una de ellas, lo cual jamás ocurre. Me asalta la duda si en tal canción o tal otra debo colocar la cejilla o por el contrario el tono es natural. Me tranquilizo pensando y comprobando que en realidad lo tengo escrito en cada una de ellas . Aquí está, bien grande: “Cejilla en 2”, o bien: “Cejilla en Fa Sost”, o bien: “Natural”. Está escrito con rotulador rojo en el margen izquierdo de cada hoja.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Compruebo que las pilas del afinador y del pequeño previo de la guitarra estén en marcha. Vuelvo a afinar la guitarra mientras pienso angustiosamente que acaso voy a fallar en el cambio, o en la parte B de tal canción y entonces ensayo esa parte tan deliberadamente que el fallo es imposible.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Después del tercer té, me acuerdo de mi camisa negra de seda. La saco de la bolsa de viaje y ya comprendo que su estado es lamentable. Busco la plancha por la casa.</p>
<p style="text-align: justify;">Plancho la camisa. Sólo la parte que se ve porque planchar es una labor endiablada. Es una vergüenza que no haya conseguido a mis años tener un asistente, un secretario cuando menos para estos casos. ¿No lo tiene acaso&#8230; Julio Iglesias? ¿Se plancha él mismo las camisas? Lo dudo mucho.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Vuelvo corriendo a la guitarra para asegurarme de que me acuerdo de una introducción o de cualquier otra cosa nimia.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Necesito un trago y no quisiera empezar a beber tan pronto, que luego ya se sabe. De nuevo me aspiro a golpes secos dos o tres rociadas de Rinomar como consolándome. No coloca nada pero al menos me hace recordar los revolcones entre las olas de la Zurriola cuando era un niño.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Despliego la lamparilla doble de atril que ha de alumbrarme el cuaderno de letras. Muchas veces lo he pasado mal quedándome a oscuras en un concierto y eso me hace sudar en sueños. Me aseguro que esté bien de pilas y que iluminen bien las cuatro lamparillas que tiene. Vuelvo a guardarla. Así se me pasan las horas.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">La tarde va cayendo. La hora se acerca y el corazón me da un vuelco de vez en cuando. Veo por el balcón pasar un ciudadano cualquiera y sin quererlo siento una sensación de envidia. ¿Por qué no seré yo ése señor que camina tan tranquilo, quizá en dirección a su casa, o al café de costumbre?¿Por qué me habré metido yo en este lío del entretenimiento y el espectáculo? ¿No podría ser yo un hombre corriente y moliente sin pretensiones de visibilidad como aquél?</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">Mentalmente voy premeditando el taxi que he de tomar, si tendré cambios o sólo un billete; la llegada al escenario, lo que pediré para beber&#8230; Sin duda un vaso de whisky con agua&#8230; no, mejor un vaso de vino de Oporto, es más sofisticado. Me vuelvo a tumbar un rato en la cama, agotado de los nervios. Retomo el libro de Plá que estaba leyendo y el pensamiento se me escurre entre las líneas. Cierro los ojos. Pienso en el público que tendré hoy. ¿30?, ¿40 personas?</p>
<p style="text-align: justify;">No quiero ni pensar lo que debe suponer salir ante un auditorio de miles. ¡Miles de personas! ¡Qué horror!  Aunque&#8230; bien pensado, acaso venga a ser lo mismo, no lo sé. Ojalá no lo sepa nunca.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">
]]></content:encoded>
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		<title>Cómo iba yo a saber, o las desventuras de ser actor.</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Jan 2011 16:42:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafaberrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Y todo ello por mi culpa. Se me ocurrió proponerle a la Monge un videoclip para mi álbum. Me pilló de buen humor, distendidamente, acodado en una barra, claro. ¿Querrías hacer un videoclip para ilustrar alguna canción del nuevo álbum que voy a editar en noviembre? La Monge le pega a todo. Es poeta, compone [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"><a href="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2011/01/A-saber_-Rafa_Mar_81.jpeg"><img class="alignleft size-medium wp-image-219" title="A saber_ Rafa_Mar_8" src="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2011/01/A-saber_-Rafa_Mar_81-300x220.jpg" alt="" width="300" height="220" /></a><br />
</span></p>
<p><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Y todo ello por mi culpa. Se me ocurrió proponerle a la Monge un videoclip para mi álbum. Me pilló de buen humor, distendidamente, acodado en una barra, claro. ¿Querrías hacer un videoclip para ilustrar alguna canción del nuevo álbum que voy a editar en noviembre?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La Monge le pega a todo. Es poeta, compone y canta, hace audiovisuales vanguardistas, fotografías, collage; hace, incluso, deporte&#8230; Ella eligió la canción “Cómo iba yo a saber”. Yo le dí el visto bueno sin saber en dónde me metía. Distendidamente&#8230; con el vaso en la mano&#8230;</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Pasó un tiempo. Recuerdo el primer encuentro al que me citó, mantenido en el café Gora-Bera, y reconozco que la Monge me abrumó aquella mañana. Llegó como quien va a dictar una cátedra. Con esa resolución femenina tan clásica. Dispuso sobre la mesa un rimero de folios sueltos con anotaciones y me los hizo inspeccionar detenidamente mientras hacía sus comentarios de texto. Colocó encima unos cuadernos con dibujos a modo de cómic con la historia del videoclip ( los cineastas le dan un nombre a esto, ya lo sé) y encima de todo ello cartulinas con diagramas llenos de flechas y acotaciones por encima de las cuales ella volvía a trazar líneas y círculos mientras seguía con su exposición magistral imparable.  Allí no había quien posara la taza de café. Debió parecerle poca cosa porque al rato sacó de su bolso una computadora <em>Macintosh</em> y una cámara digital, desplegó todo aquello sobre los papeles y buscó un enchufe en torno a nuestra mesa. Los clientes miraban, (es una ciudad de provincias: no hay costumbre). Con mucho detalle me explicó el guión y las correspondencias alegóricas con la letra de la canción. Yo tenía vacío el estómago y algo de resaca. Hubiera deseado una reunión más liviana y un guión más simple, pero no tuve suerte. La Monge estaba considerando más o menos en serio una canción que es completamente cínica, una canción que es una humorada. Yo no dije nada, primero porque sé que la Monge tiene un criterio y una inteligencia muy sólida y, segundo, porque la opinión del autor es siempre la menos interesante (sin ironía).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Las primeras tomas del rodaje se harían en un barco velero que nos prestarían unos amigos comunes a ambos. La Monge me explicaba, yo resumo: Mi personaje es un lobo estepario que odia la humanidad y sólo cree en la literatura. Este personaje es un encamado, como Onetti. (Ahí empecé a frotarme las manos de gusto) Se pasa todo el día en pijama y vive en un barco velero anclado en mitad de alguna bahía o acaso en alta mar. No se sabe dónde hace la compra ni de qué vive&#8230;</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">No me pareció ninguna mala idea. Incluso la ví simpática y me identifiqué sobremanera con ella. Yo mismo he vivido 5 años en una roulotte felizmente. No hay comparación pero era, casi, casi, hacer un cameo de mi pasado. Nada difícil.  Al despedirnos quedamos citados en el Muelle donostiarra (es decir, en el puerto) unos días más tarde, de buena mañana, para aprovechar la luz.</span></p>
<p style="padding-left: 390px; text-align: justify;"><span style="color: #333333;"><span id="more-216"></span><br />
</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">*****************</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">El velero, recuerdo, estaba amarrado en el extremo del Muelle. Era un barco de competición de pequeño tamaño dotado de un diminuto vivac en el interior. Junto a él se mecía el enorme catamarán “Ciudad de San Sebastián” haciéndonos sombra. Era ya mediodía cuando llegamos. Recuerdo que el candado que guardaba la escotilla se negaba a ceder. Estuvimos hablando de los estragos del salitre mientras la Monge manipulaba la llave. Finalmente logramos entrar al cubículo. Asombra ver lo aprovechado que está cada centímetro cuadrado. Paneles de control, cocina, sala de estar, letrina, literas de noche&#8230; un espacio tan deliciosamente íntimo y tan conveniente o tan conforme a lo necesario para la vida que dan ganas de instalarse allí in aeternum como una crisálida remisa al mundo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Siguiendo instrucciones de la Monge mi trabajo consistía en quitarme la ropa y  vestirme con ropa interior a la moda de 1911. Esto es: unos calzoncillos blancos de pata larga hasta los tobillos a juego con una  camiseta  interior de la marca Ocean.  Por encima de todo ello una vieja gabardina de terlenka gris “El Búfalo” modelo “exhibicionista”. Los pies descalzos y el pelo revuelto de quien ha dormido mucho. La Monge empezó a filmar allí dentro con una cámara de video doméstica. Yo fingía dormir envuelto en un saco con ese calzón largo; fingía despertarme y mirar el cielo por la escotilla. Fingía tomar café y consultar bostezando un mapa de navegación de la costa de Cádiz. Cosas por el estilo. A continuación debería salir por la puertita de escotilla hacia la cubierta. En cubierta debía fingir que me solazaba con el aire puro, que que me agarraba de las cuerdas haciendo volatines, arrobado como estaba en la ficción por el amor recién descubierto, tal y como la canción cuenta. Los paseantes empezaron a pararse. Poco a poco los curiosos se fueron agolpando en lo alto del muelle. Incluso los ciclistas.  Ellos veían desde arriba a un gachó en paños menores (el dueño del velero, sin duda), con la gabardina de los indecentes, abrazado a los mástiles y columpiándose en los tensos cables de las velas, con los ojos en blanco y haciendo giros inaceptablemente empalagosos para tomar impulso y pasarse a la cuerda de al lado, y que recorría de proa a popa  “su” barco de esa manera tan chocante. Una vez y otra tuve que repetir estas escenas mientra intentaba armarme de valor e indiferencia.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Fui el hazmerreír de los paseantes aquella mañana de octubre.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Seguro estoy que apenas reparaban en la Monge, que discretamente, y vestida como dios manda, filmaba desde un ángulo apartado del pantalán escena tan estrambótica y tan bochornosa para mí.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Otro día hicimos una cita en mi casa para filmar en las estanterías de la biblioteca que tengo. Compré este mueble en Ikea hace dos años, aunque bien es verdad que no me caben ni mucho menos todos los librotes que tengo. Si algún día se me echa la parca encima sólo podré enorgullecerme de este legado que he ido juntando poco a poco&#8230; e inútilmente, por cierto, porque tarde o temprano, y comoquiera que muchos de estos libros son de lance, les invadirá el moho y la roña que ya crían y se harán ilegibles.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Pues bien, la Monge quería hacer una escena de éxtasis frente a los libros. Se supone que el personaje los tiene en su barco y los ama profundamente, y que en un acto de delicadeza restrega  sus lágrimas contra el lomo de los volúmenes. Con sus brazos escala los anaqueles. Babea frente a Pessoa, frente a Ciorán. Abre y cierra morosamente <em>episodios nacionales</em>, <em>árboles de la ciencia</em>,<em> estudiantes torless</em>, <em>madames bovaries</em>&#8230; Extrae de entre las páginas  las hojas y flores secas que un día depositó en ellas y las vuelve a colocar cuidadosamente, con una doliente sonrisa de reminiscencia&#8230;   No es mala idea en principio. Me gustaba. Nunca ponderaremos lo suficiente el amor por la literatura. Al fin y al cabo este videoclip era un experimento no comercial y podíamos permitirnos ese lujo ya que así lo sentimos.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Aquella tarde hice lo que buenamente pude, teniendo en cuenta que soy un actor de tres al cuarto que enfrenta un papel insólito, pues la escena del éxtasis frente a la biblioteca es, psicológicamente hablando, de un comportamiento estrafalario e ilógico, y no hay modelos a seguir que yo pudiera copiar en tal actitud.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">En esta sesión no hubo grandes anécdotas, excepto el desagrado de tener que ponerme otra vez la ropilla de los tiempos de mi abuelo, con lo mal que sientan esas perneras quijotescas tan estrechas, tan ridiculamente ajustadas al tobillo, en contraste con la bragueta, donde, por razón de la mala hechura, se marcan de manera tan grotesca las partes pudendas, digamos. Yo, que soy un escuchimizado que apenas peso 59 kilos, que soy el espíritu de la golosina en persona, la verdad, no me hacía mucha gracia filmar para la posteridad de ese modo y  manera.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La tercera sesión para el videoclip fue ejecutada tras una espantada unas semanas atrás. La sesión fallida fue como sigue:  La Monge me seguía poniendo al cabo de su guión. Yo era, como he dicho, un lobo de mar misantrópico que vivía en un barco, sin comunidad de vecinos,  muy lejos de cualquier supermercado y de cualquier oficina bancaria. Entonces llega el amor por ciencia infusa. El amor se hace presente y yo salgo a su encuentro. Está claro que para el “rendez-vous” debería atravesar un mar salado que hubiera podido ser el Cantabrico. No quedaba más remedio que filmar una escena en donde emerjo del agua entre las olas hacia la playa, en su busca. Supuestamente en la orilla estaba esperando mi bello amor, pero eso se sobrentiende. Yo le pregunté tímidamente a La Monge si debía emerger con el mismo calzoncillo y la misma camiseta. Ni que decir tiene que la respuesta fue, sino exacta, de la familia del “sí, por cierto”.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Koan, en calidad de asistente, me acompañó a la playa una mañana soleada de octubre. La Monge ya estaba por el paseo del malecón vestida con un neopreno surfista haciendo pruebas de luz. Era, recuerdo, un odioso domingo en el que se celebraba el undécimo campeonado de surf del principio del otoño. No me extraña que Poch detestara a los surfistas. Yo no los soporto tampoco, aunque es verdad que salvan a muchos ahogados. Los altavoces gigantes escupían reggae, el aire traía olor a marihuana y los muchachos estallaban displicentes sus patinetes en el suelo del paseo. Banderines publicitarios  ondeaban en cadeneta por todos lados con sus logotipos tan manidos.  La megafonía de la organización atronaba con no sé qué locutor que hablaba de la segunda manga y de las puntuaciones; de los <em>txapeldunes</em> y los clasificados. Los deportistas son seres de otro mundo. Yo no sé hasta qué punto esto del deporte competitivo es sano.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Koan tiró de mí hasta la playa. Yo juraba en sánscrito contra todo bicho viviente. Lanzaba miradas fulminantes a norte, sur, este y oeste.  Hacía un sol insidioso, molesto, rasante, muy típico del horrible mes de octubre, un mes insufrible en el calendario, el más desconsolador del año para mi gusto.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La Monge se adentró con su cámara cerca de las rocas, del lado de la esquina del mar, donde pretendíamos filmar mi surgimiento marino. Cuando estuvo casi perdida entre las olas, recortada en el horizonte, me hizo señas que entendí significaban “se rueda”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Llegó el momento de desprenderme del pantalón y la camisa, ponerme la vieja gabardina y empezar a dar pasos hacia las barbas de la orilla. Koan se quedó al cuidado de todo sentada en una roca, divirtiéndose realmente de la situación.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Intenté adentrarme con toda mi alma dando grandes zancadas. No me concentraba porque la música y el bulle-bulle del campeonato llegaba hasta nosotros a rachas de viento. Cada vez veía más lejos la orilla verdadera, más allá de la arena encharcada que la precedía. La resaca era traicionera, muy engañosa. Yo soy muy cobarde a veces.  Pasaron varios perros de ída y vuelta corriendo en círculos y salpicando agua. Sus amos no estaban lejos tampoco. Silbaban y el aire traía los sonidos.. No sabía si me silbaban a mí o a sus perros. Identifiqué a varios de ellos porque conozco a casi todos. Una señora con la cual tengo un trato diario muy cordial por razón de la amistad de nuestros respectivos perros se me quedó mirando aprensiva. La Monge me gritaba a su vez instrucciones desde la lejanía.  En lo alto del malecón una multitud de domingueros que seguían  las pruebas surfistas miraban de paso al fulano que se metía con gabardina y calzones blancos entre las olas. Recibí por megafonía un aviso de la organización del campeonato referente a las zonas acotadas y los accesos permitidos. La Monge estaba metida hasta la cintura con su traje de neopreno. Ella era, pensé, exactamente igual que un surfista cualquiera que estuviera tomando vistas de las olas o compitiendo. Pero yo ni siquiera había llegado a mojarme más allá de las pantorrillas, tan baja como estaba la marea, y sin embargo me era muy dificultoso caminar hacia adelante sin lanzarme a nado a causa de las corrientes de esa zona del rompiente. Me imaginé a mí mismo desde lejos, tal y como me verían desde el paseo del mar.  Pensé que mis perneras blancas de algodón refulgirían entre el rebaño de surfistas color ala de mosca&#8230;</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Todo estaba en mi contra. Decidí abandonar, lo reconozco. Hice unas señales evidentes con los brazos y regresé a la playa, hacia la arena seca y las escaleras.  Tan acostumbrado como estaba al calzón ni siquiera pensé en ponerme los pantalones para cruzar la avenida hasta el portal de  mi casa.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Lo volvimos a intentar una o dos semanas después. La Monge me apuró porque decía que el mar iba perdiendo temperatura a esas alturas de octubre. Decía que en muy poco tiempo vendrían los temporales y que había que darse prisa.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Fue una mañana de un día laborable cualquiera. Hacía ya frío. Bajé con toda la pereza del mundo al Kursaal. La Monge (nuevamente vestida de neopreno) y una amiga suya a la que yo no conocía de nada estaban esperándome por las inmediaciones. Haciendo memoria calculé que hacía unos 28 años de la última vez que me había bañado en el mar, desde que lo dejé de hacer al final de  la adolescencia. Hice por sobreponerme. Por sacar entereza de ánimo. Bajamos a la playa &#8211; esta vez semidesierta -, y rápidamente me puse mi ropa de “trabajo”. La amiga de La Monge extendió toallas en la arena. Muerto de frío me fui adentrando. Rompían unas olas desmedradas, unas olas confusas, deformes. La gabardina se me iba empapando y cogiendo lastre. El algodón de las perneras se me   pegaba como un engrudo a los tobillos y a las pantorrillas dejándome como un animal desplumado. Yo seguía adelante con estoicismo, deseando acabar con esa escena de una vez por todas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Ir hacia adelante no era muy difícil. Uno puede prever las olas y hacerles frente dando ligeros saltos, calculando el paso, etc. Pero la escena debía ser fimada “al contrario”. Yo, en realidad, debía “salir”, debía emerger hacia la orilla, desde el interior del mar. Por lo tanto debía ponerme de espaldas a las olas, una vez que estuviera suficientemente adentro.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Repetí la escena unas 6 ó 7 veces a las órdenes de La Monge. Me adentraba hasta la altura del pecho, me daba la vuelta y caminaba (es un decir) hacia la orilla. En ese trance las olas me golpeaban a traición sin que yo pudiera advertir en qué momento de su evolución iban a chocar contra mí. No tengo ojos en la nuca. Si me sobrepasaban aún sin deshacerse en espuma, todo iba bien. Si por el contrario me rompían en la espalda, logicamente me derribaban sin remisión. De vez en cuando venían encadenadas en grupos de tres o cuatro y luego un breve momento de calma, apenas suficiente para reponerse de la inmersión forzosa y de la enorme fuerza de resaca subsiguiente que me  quemaba los tobillos. Y sin embargo yo no debía perder la compostura ni la posición vertical. La Monge me gritaba desde su tabla de surf que no dejara de parecer feliz. Que mi bello amor me esperaba en la arena, que me solazara con la espuma del agua, etc, etc.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Salí de aquello con un frío intenso pegado a los huesos, con las mandíbulas rígidas y los ojos como llagas rojas. No tenía noción de mis pies, ni me circulaba la sangre por las yemas de los dedos. Me desnudé tiritando bajo el cielo plomizo y casi con sensación de euforia me puse el albornoz seco que guardaba la amiga de la Monge. Esta señorita guapa y desconocida me felicitaba efusivamente por el cuajo -según ella- que  había demostrado haciendo de Neptuno. Otra cosa me hubiera complacido más en aquel momento que no el aplauso, pues a decir verdad, por una taza de <em>earl grey</em> calentito entre las manos hubiera dado yo una fortuna. Menos que eso no se les da a los ahogados.</span></p>
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<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La Monge me explicó por mail que lo que habíamos filmado hasta entonces era mi vida como personaje durante su etapa troglodita, o misantrópica  (velero, biblioteca, mar) , y que ahora tocaba afrontar  la parte de “el encuentro” del que habla la canción “Cómo iba yo a saber”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Quedamos citados para ello en el centro de Madrid una mañana de sábado del mes de noviembre. Yo me preguntaba si no se podía haber hecho esto en San Sebastián sin ir más lejos, pero al parecer había razones de más peso que mis propias perplejidades.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Muy cerca de la Gran Vía nos encontramos en la calle señalada, bajo unos árboles de Judas algo raquíticos que formaban hilera en el bordillo de la acera. Era el mediodía de </span><span style="color: #333333;">un día muy azul y muy puro pero extremadamente frío, tal y como estaba siendo todo el otoño de 2010. Con La Monge venía a su lado la joven actriz que encarnaba el papel de partenaire de mi personaje y otra señorita que me fue presentada como estilista y maquilladora.  La Monge traía unas ligeras escarificaciones en sus mejillas fruto de una complicación dérmica que había sufrido hacía semanas. Yo intenté enmascarar mi    timidez de colegial  explicando tonterías: por ejemplo, que las mujeres de la etnia Fang de Guinea se hacen las escarificaciones a posta  para desafiar las infecciones cuando niñas, y después intenté contarles cómo es una boda Fang tal y como yo las había visto como invitado honorífico. Mientras hablaba a tontas y a locas fui consciente, en segundo término, de la terrible belleza y juventud de la actriz allí presente. Reconozco que me trastornó. Entristecí de repente. Un montón de ideas melancólicas se me cruzaron por la mente en aquel instante y estuve a punto de fingir un desmayo o cualquier otra cosa que me imposibilitara filmar las sesiones de aquella mañana. Tal es el prestigio que tienen las mujeres en mi fuero interno. Los tímidos, los vergonzosos y los tontos sentimentales me entenderán.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Entramos todos en un portal con patio de cochera. En el piso alto nos abrió la puerta un varón de mediana edad con un aspecto cosmopolita y desenvuelto parecido al que pueda tener un arquitecto o un diseñador italiano, por poner un ejemplo. El piso era magnífico, muy amplio y decorado con un gusto burgués de buena ley. Yo no sabía realmente porqué estábamos allí ni a quién pertenecía eso. La Monge no parecía muy comunicativa al respecto y se reservaba ante mis miradas de interrogación.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La Celaya, que así se apellidaba la actriz, se sentó en una silla y entre bromas y veras se dejó peinar y acicalar por Susana, que así se llamaba la maquilladora.  Yo estaba preocupado buscando un balcón y un cenicero donde dar una chupada a mi habano. En el fondo Freud diría que estaba buscando un sitio, un camino, por donde escapar ventana abajo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La Monge me pidió que me fuera desvistiendo y colocándome el calzón largo y la camiseta de marras. Cuando salí del vestidor ni La Celaya ni Susana pudieron reprimir una explosión de risa al verme cruzar por delante. La sesión empezaba a ser divertida porque estas dos mujeres eran, además de hermosas, absolutamente encantadoras y joviales. La joven actriz poseía una delicada naturaleza atlántica, de índole dulce y sosegada, algo así como un ángel benévolo entre la bruma. Susana, la estilista, era algo más racial, con un carácter que se adivinaba más intrincado y tal vez más vigoroso.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La primera escena que filmamos transcurría en una cama pero con las sábanas sin deshacer. Aquí nos ofrecíamos uno al otro, de unos tazones que sujetábamos en el regazo, cucharadas de leche mutuamente. Era, cómo decirlo, un argumento tan casto, tan cándido, que a mí se me antojaba de una erótica irresistible, aunque, he de confesarlo, algo (bastante) sonrojante. Poco a poco La Celaya iba tomando la iniciativa con decisión y desparpajo, manejándome a su manera, demostrando que realmente se trataba de una profesional de la interpretación. Pensé que quizá no fuera tan suave y aterciopelada como la supuse en un principio y que sin duda había de poseer un fuerte carácter; un mar de fondo cuya condición se hacía indispensable para estar donde ella estaba en ese mundo tan feroz de la cinematografía.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Para la segunda escena, la Monge, en su papel de realizadora, me tenía reservada una sorpresa de gran efecto que ponía ante mí una prueba de fuego difícil de superar. Dicho más sencillamente, yo tenía que aparecer ante la cámara más como “Rafaela” que como Rafael, y al mismo tiempo la Celaya perdería su femenino por un artificio de masculinidad.  Susana tuvo que ponerse manos a la obra con sus variopintos aparatos de cosmética y travestir a uno y a otro, cada uno a su sexo opuesto, se entiende. Yo recibí con mano magistral un cúmulo de laca en el pelo, rimmel y sombra de ojos, pinceladas de rojo pintalabios y otras cosas deliciosas y prohibidas que ahora no recuerdo. Cuando Susana terminó conmigo me acercó un espejo de mano para que admirase el resultado. Aún tengo metido en el cuerpo el horror  que me causó mi propia visión, la angustia momentánea del cerebro que no reconoce lo que ve, la enajenación mareante por unas décimas de segundo, el estupor, la vergüenza. Por primera vez en mi vida me dí cuenta que mis ojos son “verdaderamente” de color verdoso y ello es sin duda (recuerdo que pensé) un efecto de contraste causado por el contorno negro del  rimmel. Tuve que volver a sentarme en la silla.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La Celaya, por su parte, se repeinó a la moda de los años 30, se le pintó un fino bigote como de halterófilo de circo, y se vistió con un traje de chaqueta y pantalón blanco muy favorecedor, mientras que yo seguía con mi ridícula vestimenta y, aún peor, calzado incongruentemente con mis rudas botas<em> Chelsey</em>, único par que había llevado a Madrid.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La escena transcurría en la biblioteca de la casa. Yo ya no me interesaba tanto en los libros como en mi bello amor. Por ello abandonaba “El desasosiego” de Fernando Pessoa por la persona que me desasosegaba, pues tal era en esos momentos La Celaya, en la ficción y en carne y hueso.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La tercera escena transcurría en la azotea de la casa. Hacía un frío atroz. Aquí yo debía abrigar a mi partenaire con la gabardina. Mi camiseta se convertía de pronto en una camisa blanca bordada de anchos volantes y cuello angelical de hopalanda. Yo estaba tumbado en el suelo, mirando al cielo. No alcancé a entender qué hacía mi personaje en el suelo de una azotea, pero así era. La Celaya venía hacia mí, me abría la gabardina y se tumbaba a mi lado sin decir palabra. Acto seguido rodaba sobre sí misma y se arrebujaba en ella. Había tal feminidad en sus actos que yo no sentía tanto el frío como una vaga corriente íntima próxima al placer a pesar de todo. Yo completaba la escena arropándola por el otro flanco.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">La Monge ordenaba que llegado ese momento nos miráramos a los ojos. Francamente, ser actor debe ser una cosa durísima. O quizá porque yo no lo soy  no fui capaz de hacerlo más allá de un brevísimo instante sin violentarme, o lo que es peor, violentar a quien me miraba.  Como diría un cursi, yo lo intentaba y naufragaba en sus ojos oceánicos, tan verdes (o quizá turquesas), tan próximos a los míos. ¡Ah!, La Celaya&#8230; Algo muy difícil de explicar y sin embargo fácil de entender si pensamos que se trataba de una persona extraña o desconocida solo dos horas antes.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;"> </span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">El dueño de la casa vino a despedirse de nosotros a la azotea. (Yo intentaba pasar con toda naturalidad el hecho de estar pintarrajeado y vestido como “sabía” que estaba). Este señor nos dijo que estaba obligado a ausentarse y a cerrar la casa en ese momento, de modo que ni siquiera podíamos desmaquillarnos y vestirnos cuando termináramos las escenas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #333333;">Lo cierto es que Madrid es una ciudad maravillosa, tanto más para un provinciano como yo venido de esta bobalicona ciudad del norte: Cuando llegó el atardecer y el rodaje tocó a su fin (gracias al cielo), resolvimos los cuatro, la Celaya y yo aún travestidos, llenos de potingue, medio desnudos y con falsos bigotes, ir a cenar merecidamente a cualquier restaurante próximo. No exagero si digo que nadie en absoluto pareció reparar en nosotros ni a quien le importara un comino nuestro aspecto mientras caminábamos calle abajo, ocupábamos la mesa del restaurante elegido y pedíamos el vino para dar comienzo a nuestra alegre (agridulce) velada de despedida antes de pasar por los tocadores y volver a nuestro ser.</span></p>
<p><span style="color: #333333;"> </span></p>
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		<title>Los hechos de Segovia.</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Oct 2007 12:20:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafaberrio</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Septiembre 2007. Me llaman de la AIE para proponerme un concierto en Segovia. Entiendo que la obra social y cultural de Caja Segovia organiza un mini festival que ellos denominan “otras músicas” y para ello piden grupos que han participado en ediciones anteriores de “Artistas en Ruta”. (Me pregunto qué pinta una caja de ahorros [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Septiembre 2007.</strong></p>
<p><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-144" title="acueducto_segovia" src="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2010/02/acueducto_segovia-150x150.jpg" alt="acueducto_segovia" width="150" height="150" />Me llaman de la AIE para proponerme un concierto en Segovia. Entiendo que la obra social y cultural de  Caja Segovia organiza un mini festival que ellos denominan “otras músicas” y para ello piden grupos que han participado en ediciones anteriores de “Artistas en Ruta”. (Me pregunto qué pinta una caja de ahorros organizando eventos rock. Abriendo sus salones para que entren las huestes contraculturales). Después de saber la cifra que se nos pagará he accedido a dar el concierto, no obstante las incongruencias. Pelillos a la mar.</p>
<p>He llamado a Yone para que toque conmigo, quizá por última vez en esta gira. He llamado a mi base rítmica para que organizen sus agendas.</p>
<p><strong> 5 de octubre de 2007. Viernes.</strong></p>
<p>Gema nos lleva en la Peugeot J5. Igor y Toni viajan en el asiento posterior. Mi perro Lento junto a la carga de amplificadores. Si viniera un ladrón es seguro que Lento no se molestaría en dar un solo ladrido. En realidad jamás le hemos oído  ladrar, mucho menos maullar o emitir cualquier otro sonido.</p>
<p>El trasto que conduce valientemente Gema hace entrada en Segovia un par de horas más tarde de lo previsto, y es natural si pensamos que alcanza apenas los 90 km por hora, y ello rezando todos a una.<br />
En un recodo del laberinto urbano aparece nuestra Yone, que ha venido por su cuenta en su propio coche.</p>
<p>Son las 18:00 horas. Apenas tres horas para instalarnos en el hostal Hidalgo, hacer la prueba de sonido y comenzar el concierto.</p>
<p>La calle Carmen es un paso estrecho que parte de la misma plaza del famoso Acueducto. Una calle con aspecto de parte de atrás de “algo”. La sede de caja Segovia ocupa el edificio entero de la manzana y allí se encuentra el salón de actos donde tocaremos esta noche. Ha sido realmente difícil encontrar el sitio en el dédalo segoviano y colocar la furgoneta en el muelle de carga, frente a la puerta principal de la sala. Hasta tal punto, que para llegar a Carmen&#8230;  <span id="more-143"></span>hemos tenido que -literalmente- cir-cun-va-lar la ciudad entera guiados por Rubén, el técnico de sonido. Un capricho del tráfico rodado, teniendo en cuenta que nuestro punto de partida se situaba apenas dos manzanas más arriba.</p>
<p>La prueba de sonido transcurre sin incidentes. Yone está un poco de mal humor. No es fácil arrancarle una sonrisa.<br />
Yo tengo la cabeza aturdida tras el viaje. Debo concentrarme mucho en cualquier cosa nimia como colocar las pilas al afinador o situar el pedal de distorsión en su sitio óptimo. Las cosas se me caen de las manos. Los calzoncillos me tiran de las sisas y no encuentro un sitio cómodo donde colocarme.</p>
<p>Tras la prueba de sonido tenemos el tiempo justo para tomar una cerveza y una tapa en un bodegón que hemos localizado junto a la sala.<br />
Gema está con Lento dando vueltas a la calle. Nuestro amigo  Luis Boullosa, que  ha venido desde Madrid para ver el concierto y de paso hacer turismo, se ha reunido con nosotros. Yone mantiene su postura displicente y prefiere quedarse al margen del grupo. Sospecho que la aburrimos,  que se trata del famoso “abismo generacional”. ¡es tan joven&#8230; y nosotros, uy,  tan viejos!</p>
<p>Me froto las manos para darme ánimos a mí mismo. Toni, que me conoce, tiembla ligeramente esperando órdenes. Igor me mira interrogándome desde el fondo de los vidrios de sus gafas.<br />
No sé si tomarme un coñac doble o tomarme dos aspirinas y un vaso de agua. A ciencia cierta no sé qué me sentará mejor. En estas circunstancias siempre dudo y lo quiero todo. Como si en ello me  fuera el último trago de mi vida.</p>
<p>Me vuelvo a frotar las manos, que, traducido, es como hacer de tripas corazón:<br />
-Caballeros, ha llegado la hora de la verdad- Les digo a Igor y a Toni mientras pago la ronda.<br />
-Yone, querida mía; guapísima: Cuando quieras vamos enfilando. Acuérdate que “Invisible” va con cejilla en 4. No subas mucho en el coro de “Yo te sufro”&#8230; Toni, acuérdate: das tú la entrada de “Bronca”&#8230; Bla, bla, bla.</p>
<p><strong> 21:15 h. </strong></p>
<p>La sala tiene un aforo de 240 personas, pero yo calculo esta noche unas 30 ó 40, quizá algo más, qué sé yo.<br />
Enfrento la mirada al tendido acariciando la guitarra. Me llaman la atención los grupos de señoras de la edad de mi madre. Señoras bien arregladas. Peinadas en peluquerías pasables. Señoras segovianas con vestidos conjuntados en blanco y negro. Algún grupo de jóvenes al fondo. Gema y nuestro amigo Luis Boullosa en el centro, fila 6. Alguna pareja esquinada.</p>
<p>Comienzo el concierto con “La,la,la”, del disco Amor a Traición. En los estribillos debo acordarme de pisar la distorsión sin que se desmadre demasiado el acople.<br />
Hasta el momento todo va bien.</p>
<p>Cuando termina el tema, entre los aplausos, un grupo de señoras me anuncia a voz en grito, desde las butacas, que el volumen es excesivo:<br />
-¿Hijo, no podéis bajar  el volumen? ¡¡ Así no hay quien pueda apreciar la  música !! ¿De verdad os hace falta tanto?<br />
Yo he dicho algo, he balbuceado algo que no consigo recordar porque seguramente era una frase recurrente para salir del paso. Me he quedado perplejo, atónito. Desarmado por el timbre de voz de la ancianita.</p>
<p>He mirado al técnico porque, por un momento, he pensado que quizá tuvieran razón. En el fondo me caen bien las señoras de la edad de mi madre.</p>
<p>Del fondo oscuro de la sala, continuando el insólito diálogo, una voz masculina ha añadido:<br />
-¡¡Pues a mí me gusta así. Al contrario: No hagáis ni caso, que suena muy bien!!</p>
<p>Veo que es un varón joven con actitud de echarnos una mano, quizá sintiendo un poco de vergüenza ajena del grupo de señoras ciudadanas.<br />
Eso me ha devuelto alguna presencia de ánimo. Aún así oteo la sala con<br />
recelo esperando más opiniones. De momento se hace el silencio.</p>
<p>Comienzo los acordes de “Melancolía” del disco Harresilanda. Noto que estoy cantando con cierto gamberrismo y rasgando la guitarra imprudentemente a riesgo de romper una cuerda. Doy rienda suelta a la distorsión en partes donde nunca la empleo.</p>
<p>Un matrimonio a mi derecha escucha la canción con las manos alzadas tapándose ostensiblemente los oídos. Sin embargo sonríen dulcemente. Es una mezcla de actitudes muy rara y ambigua, que me deja pensativo.</p>
<p>Con el último acorde de “Melancolía” se levanta un grupo llamativo de seis señoras a mi izquierda. Mientras suenan los aplausos cruzan el pasillo en mi dirección y salen taconeando por la puerta cercana al escenario sin prisa ninguna. Hay un revuelo de chaquetas de punto en el vano de la puerta de salida. Antes de cerrarse aún escucho el din-din de las joyas resonando en la calle.</p>
<p>Intercambiamos miradas de inteligencia entre Igor y Toni. Yone está ausente. No le importan las algaradas de este salón de actos.</p>
<p>Gema  se está divirtiendo de lo lindo desde su butaca. A su lado veo que a Boullosa le brillan con malicia los ojos azules cabrones que tiene.</p>
<p>La pareja de las manos sobre las orejas deponen su postura y se añaden al aplauso.</p>
<p>Comienzo la tercera canción y las palmas de las manos vuelven de nuevo a los oídos. Otros grupos de señoras permanecen en sus butacas revolviéndose, quizá con apuro de abandonar la sala como aquéllas.<br />
Me voy desconcentrando poco a poco, como una bola de nieve cuesta abajo, pero a la inversa.</p>
<p>He cantado 14 canciones más, incluído un bis que nunca toco: “Jaime Gil de Biedma en la cama”, improvisado a la remanguillé a petición del respetable “no sedicioso, no insurrecto”.</p>
<p><strong>01:30 h.</strong></p>
<p>Hemos pasado la noche admirando la ciudad, tomando unos vinos espléndidos en casa Cándido, haciendo fonda en un restorán sefardita  y bebiendo unos combinados noctámbulos de ginebra en la bellísima Plaza Mayor. Nos hemos doblado de risa una y otra vez rememorando en distintas versiones “los hechos acontecidos en Segovia”.</p>
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		<title>CORDOBA Gig</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Aug 2007 11:50:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafaberrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[14 de junio (aprox.) de 2007 Yo sé muy bien que hay dos tipos de resaca: La resaca común y la resaca severa. Es interesante. En el primer caso uno siente cuando despierta que la cosa, aunque molesta y paralizante, será pasajera mal que bien. Requiere unos cuantos litros de té verde muy ligero, algo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-140" title="jaen-olivares" src="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2010/02/jaen-olivares1-150x150.jpg" alt="jaen-olivares" width="150" height="150" />14 de junio (aprox.) de 2007</strong></p>
<p>Yo sé muy bien que hay dos tipos de resaca: La resaca común y la resaca severa. Es interesante. En el primer caso uno siente cuando despierta que la cosa, aunque molesta y paralizante, será pasajera mal que bien. Requiere unos cuantos litros de té verde muy ligero, algo de acetil-salicílico (opcional) con que despejar el dolor alojado detrás del ojo, la promesa de una siesta tras una comida rica en ingredientes yang&#8230; incluso permite darle unas chupadas no más al pitillo sabiendo que al caer la tarde remitirá acaso con el revulsivo del primer sorbo de cerveza.<br />
En el segundo caso, en la resaca severa, o resaca rigurosa, las cosas cambian. Aquí no valen los fármacos, ni las medidas paliativas. Lo primero y más sorprendente es que el dolor en la cuenca ocular no se manifiesta a pesar de que el cuerpo amanece sepultado bajo toneladas de escombro (¿?). Lo segundo, la conciencia: Sabemos que será imposible remontar y ya entonces todo queda en “suspenso” a merced de Cronos. Excepto esa conciencia, ningún órgano hará el menor movimiento o trabajo hasta nueva orden por la sencilla razón de que “adentro” no hay nadie que se lo proponga buenamente. Las pupilas, las cuerdas vocales, las articulaciones, el cerebro lógico, las tripas&#8230; Todo el organismo se encuentra replegado sobre sí mismo y así permanecerá durante largas y agónicas horas. Quizá incluso días. Es el embrutecimiento. Las personas se convierten en larvas. Si somos elegantes y sabemos sufrir, en crisálidas.  Ahora ya hablamos de convalecencia en términos serios.</p>
<p>No quiero extenderme mucho. No quiero revivir este estado que recién he logrado superar. Gemma me ha traído un caldo de alcachofas, cebollas y miso. Será lo primero que tome en las últimas 30 horas. Más que nada para quitarme el sabor de la bilis inagotable y la baba. La cama está revuelta, con una humedad insana y caliente como de pantano. La almohada se ha vuelto de mármol blanco. A ratos siento los nervios erizados y tensos que suben desde las  piernas hasta alcanzar la mandíbula. El frío y las tiritonas se vienen y van. Otras veces alcanzo una cierta paz que me permite seguir con vida apenas y entonces descabezo un sueño negro que me coloca en el limbo de la inopia  hasta que me despierta de nuevo la náusea. Además de las olas de la Zurriola, oigo un cierto bullicio urbano afuera, o el eco de una radio, pero me es indiferente todo lo que no sean mis propias exequias. Como suele ser habitual tengo algún vago pensamiento erótico, y digo “habitual”  porque ya he observado que este es un truco de distracción que practica el cerebro siempre que se encuentra en estado de mucho sufrimiento.</p>
<p>La memoria es atroz, sádica, morbosa, actúa con maldad, con delectación en la ceremonia del suplicio. ¡Ah, si! A ella le gusta hundir la hoja cortante y diseccionar a lo vivo, rajando sin piedad&#8230;<br />
La memoria se busca a sí misma, necesita encontrarse, regresar por el mismo camino, volver al punto de partida obstinadamente. Cuando todo está entumecido, ella aún trabaja como si fuera una máquina tuneladora  imparable hasta arrojar luz cegadora a las situaciones. ¿Y para qué? ¿Para qué querríamos saber?</p>
<p>Ha pasado un tiempo indeterminado, quizá tres o cuatro días, desde que regresé de Jaén. No sé porqué me viene esa imagen&#8230; <span id="more-138"></span>desoladora del enorme aparcamiento de Garbera, ya  en San Sebastián, donde dejamos el coche de alquiler y la despedida en plena noche entre Igor, Antonio y yo. Cada cual se fue a su casa. Yo tenía mi furgoneta cerca y conduje como pude hasta el barrio de Gros. Incluso tuve la suficiente entereza de ánimo como para colocar el ticket de la OTA en el parabrisas. Me ví reflejado con grandes ojeras violetas. El pantalón me bailaba en la cintura.<br />
Gemma vino al poco para cuidarme al tiempo que me abroncaba por mi pulsión autodestructiva y bla, bla, bla&#8230; ella que es tan moderada en todo menos en la carcajada.<br />
¿Y qué pasó hacia atrás? ¿Qué hay de las horas previas? ¿Qué ocurrió “realmente” en los conciertos de Córdoba y Jaén?<br />
No puedo contarlo. No tengo fuerzas ni ganas. Es demasiado lioso.</p>
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		<title>DERIVA al TEATRE BARTRINA. REUS.</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Apr 2007 11:58:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafaberrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conciertos]]></category>
		<category><![CDATA[Deriva]]></category>
		<category><![CDATA[Fotografías]]></category>
		<category><![CDATA[Harresilanda]]></category>

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		<description><![CDATA[Domingo 22 de abril, 2007 15:00 h. En ruta. Precisamente le estaba diciendo a Igor: “Mucho cuidado porque estos son los famosos Monegros, el azote de los automovilistas. Aquí se quedan colgados montones de coches cada año, tío&#8230; El secreto es una falsa recta que en realidad es una pendiente cuesta arriba y un clima [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Domingo 22 de abril, 2007<br />
15:00 h.</strong></p>
<p><strong>En ruta.</strong></p>
<p>Precisamente le estaba diciendo a Igor: “Mucho cuidado porque estos son los famosos Monegros, el azote de los automovilistas. Aquí se quedan colgados montones de coches cada año, tío&#8230; El secreto es una falsa recta que en realidad es una pendiente cuesta arriba y un clima achicharrante, y bla, bla, bla.”. De pronto Igor –que era el que conducía- ha dado un brinco en el volante.<br />
“¡¡No me responde, no sé qué pasa!!”. He pensado que era una broma. Después le he gritado:<br />
¡Al arcén, al arcén, lánzate al arcén!”.</p>
<p>Y sí, aquí estamos, a la sombra de unos pinos, en los márgenes de la autopista, a la altura de Alfajarín y recién pasada Zaragoza, esperando a la grúa que parece que tarda un poco. A cien metros la Peugeot J5 con las tripas abiertas y humeando por la culata. Los tres tumbados en esta especie de talud alfombrado de agujas de pino secas y crujientes, yo con el chaleco fluorescente reglamentario, Igor y Toni a mi lado, en silencio, mirando el cielo azul entre las ramas. No sé porqué se me han ocurrido unos versos en estos momentos. Los apunto para no perderlos:</p>
<p><em>Permaneces<br />
Como esa triste flor cuyo nombre ignoras,<br />
En esta lenta sucesión de “ahoras”<br />
Que es el presente a veces.</em></p>
<p><em>Inmutable,<br />
Como una mosca inmóvil contra el espejo,<br />
En este instante detenido y perplejo<br />
De eternidad probable.</em></p>
<p><em><span id="more-150"></span><br />
</em></p>
<p>Ahora estamos en el camión-grúa viajando hacia Bujaraloz, la base más próxima del servicio de autopistas. Miro con aprensión mi furgoneta que va detrás cabeceando. Los faros cuadraditos y la rejilla del radiador le prestan una “cara” de niña buena de ojos grandes. Va diciendo: “sí, sí, sí” Parece un perrito siguiéndome a pesar de todo. El conductor de la grúa apenas habla si no es por la radiofrecuencia. Tiene un acento marcadamente maño. De vez en cuando Toni, Igor y yo nos miramos sin decirnos nada, poniendo una mueca de circunstancias y una sonrisa taciturna.</p>
<p>Pina de Ebro, Bujaraloz&#8230; en mis pensamientos fantaseo con alguna loma lejana donde se me antoja una refriega o una escaramuza de insultos habida entre los milicianos de la columna Durruti y los nacionales. Elijo cualquier punto y me digo que no es imposible que precisamente “esa” vaguada o “aquella” arboleda hayan sido testigos mudos de las batallas del 36. Inutilmente trato de sentir, mirando este paisaje, lo que ellos sintieron entonces.</p>
<p>La base de servicio correspondiente a esta zona de la autopista A-2 está en un llano expuesto en medio de la nada. Estamos en abril. No quiero ni pensar lo que será esto en agosto. Hay un gran aparcamiento a merced de un viento desolador y varios edificios bajos y largos de bloque beige; Hay una fuentecilla artificial que mana en un pequeño charco de cemento sin sentido. Al fondo veo las cabinas de peaje de una de las salidas de la A-2.<br />
Se huele el olor caliente y dulzón del asfalto. No se puede evitar un pequeño nudo de desamparo en la garganta.</p>
<p>Les explico a mis compañeros que la telefonista de la compañía de seguros no ha querido, en principio, hacerse cargo de los instrumentos y amplificadores que llevamos. En la segunda llamada el gruista ha intercedido por nosotros y muy sabiamente se la ha llevado a su terreno. “Son músicos; ¿Qué harán ellos en destino sin sus guitarras, señorita”? Después yo me he puesto al aparato y, tras un tira y afloja, ha cambiado el registro y me ha preguntado con una voz muy sexi por el nombre del grupo y mi dirección web.<br />
“ Es bastante inusual vender discos de esta manera”, le he dicho.<br />
Igor y Toni me miran con una gran interrogante por encima de su coronilla. “El sol pega fuerte. Ponéos a la sombra” les aconsejo.<br />
Hay un infinito saber estar en la actitud paciente y callada de mis compañeros.</p>
<p>Midiendo con pasos el asfalto hasta la fuentecita seguimos esperando al taxi que nos llevará a cuenta de la compañía de seguros hasta Reus junto con todo nuestro equipo. El sol baila la danza de los cuchillos.</p>
<p>El taxi ha llegado. Es una Renault Space ultra-moderna con olor a coche nuevo. El back-line ha entrado y nuestro equipaje también ha entrado. Son las ventajas de ser un trío modesto.<br />
Volamos por la autopista de nuevo después de tres horas de tribulación. El taxista es un hombre de mediana edad, macizo de cuerpo y hablador por los codos. Diría que es realmente simpático, con ganas de comunicarse. Está encantado con su maquinita de detectar radares y programar rutas. Le ha puesto una voz masculina admonitoria y un avisador que suena exactamente como las campanas de una catedral en domingo. Con chismes, bromas y veras vamos devorando los 200 kilómetros que nos separan de Reus. A menudo me cruza el pensamiento mi furgoneta abandonada en el área de servicio y cómo volveremos a Donosti después del concierto de mañana en el teatro Bartrina. Sólo puedo ahuyentarlo y decir “ya veremos”.</p>
<p>Jordi Rue nos está esperando desde hace tiempo subiendo y bajando la calle de su casa, en el centro de Reus. El taxi nos ha dejado justo enfrente del portal y aún con los trastos en la acera ha salido hacia un nuevo destino. “Con un poco de suerte hago el retorno a bandera bajada” ha dicho.<br />
“Adiós, adiós, muchas gracias señor taxista&#8230; hasta nunca quizá, quién sabe”. Ya casi le había tomado cariño a este hombre, qué tontería.</p>
<p>Jordi Rue es un jóven profesor de matemáticas en el instituto de Reus, un romántico apasionado del pop donostiarra, hasta tal punto que diría que es el hombre que más sabe de nuestra propia historia, veinticinco años atrás hasta el presente. Antes que nada adora a los Duncan Dhu, pero si alguien le habla de La Cofradía o de La Dama se Esconde, por poner un ejemplo, sabrá dar datos y fechas con pasmosa seguridad.<br />
Como es natural, Jordi ha conocido, en lo que respecta a mi aportación a esa historia, las maquetas de UHF, Amor a Traición y los últimos discos de Deriva. No se le escapan las apariciones ocasionales en discos ajenos como los de Sanchís y Jocano o Kike Mingo, etc. Comoquiera que Jordi es una persona ilustrada, de la escuela estoicista, amante de las artes bellas y de trato agradable, no nos ha sido difícil mantener una correspondencia fluida los últimos años. Puso su empeño en hacer la presentación de “Harresilanda” en su ciudad y para ello habló con tirios y troyanos. Apuntó alto y, sin ser “manager produccion” ni nada que se le parezca, consiguió su objetivo, su fecha y su contrato, con la junta que dirige el Teatre Bartrina. Empeño admirable, ciertamente. Y aquí estamos.</p>
<p>La casa de Jordi es un ático levantado en la azotea de un edificio del carrer de Sant Joan con vistas a los tejados y las antenas de Reus. Una especie de skyline provinciano con un encanto indecible. Los vencejos giran chillando en el cielo azul próximo. Suenan cercanas las campanadas de alguna iglesia. Un rumor de ciudad en marcha se escucha por debajo y sin embargo el terrado permanece a salvo, caliente y en calma íntima, como un claustro gótico elevado. Nuestro anfitrión ha preparado dos habitaciones para nosotros y un frigorífico lleno de víveres para estos dos días. Como detalle de bienvenida nos ha regalado a cada uno un mapa callejero de Reus, camisetas impresas con la palabra DERIVA, una gran bolsa de avellanas, producto estrella de la tierra, y unas botellas de vino catalán de muy buena pinta. Lleno de un orgullo modesto nos ha enseñado también las hojas de mano que ha escrito con datos biográficos y discografía del grupo, etc, para la promoción del concierto de mañana.</p>
<p>Estamos deambulando por las calles de la ciudad. Jordi nos explica la historia del caballo de bronce del general Prim, en la plaza de su nombre, que tiene la grupa vuelta hacia Tarragona, como símbolo de una rivalidad eterna entre las dos ciudades. Me fijo en la cara del general, impávido sobre el caballo a tres patas. He leído muchas páginas acerca de este gran hombre nacido en Reus. Me ha gustado leer historia pura y dura sobre el desembarco y la revolución de 1868. He sido un lector empeñado en los Episodios Nacionales de Galdós en la que tantas veces aparece. Incluso he leído un libro viejo y raro que me regaló el mismo Jordi acerca de su asesinato misterioso en 1870, seguido de una gruesa biografía minuciosa (que he salvado un poco con lectura diagonal, lo confieso). He sido un &#8230; cómo lo diría: un fan de Prim, en una palabra. Fue un héroe popular, un folletín. Ahora es polvo, humo y nada, como dicen los místicos. Peor que nada: Apenas un bronce oscuro frente al Fortuny.</p>
<p>Las Terrazas de los cafés bullen en este atardecer mediterráneo. Las muchachas enseñan generosas las carnes. Los comerciantes del domingo cuadran la caja. Los viejos charlan en corros. Es una ciudad pequeña, hacendosa y ordenadamente limpia. Cruzando la plaza del Mercadal nos acercamos hasta el Teatro Bartrina para curiosear el entorno y seguimos nuestra tournée de callejas y plazuelas. La noche termina en la cervecería Ferretería, una de las sorpresas que Jordi se reservaba, sabiendo con cuánto fervor había de admirar yo esta taberna tan pintoresca.</p>
<p>Sobre la azotea de la casa de Jordi, con el torso desnudo, la noche caliente, una cerveza última en la mano, mirando distraidamente los tejados y el vago resplandor del cielo, disfrutando de este momento de intimidad y silencio, espero a que el sueño me llegue finalmente.</p>
<p><strong>Lunes 23 de abril de 2007. Día de Sant Jordi.<br />
10:30 h.</strong><br />
<img class="alignleft size-full wp-image-152" title="Teatro Bartrina" src="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2010/02/Teatro-Bartrina1.jpg" alt="Teatro Bartrina" width="150" height="113" /><br />
Estamos desayunando los tres en la terraza de un café muy cerca de la casa de Jordi Rue. Curiosamente he encontrado té verde gunpowder (sin menta añadida, ni zarandajas) en la carta del bar y además servido en una hermosa tetera. Aprovecho el momento para hacer las gestiones del alquiler del coche que necesitaremos mañana para regresar a Donosti. He recordado que la Sociedad General de Autores tiene un descuento para los socios acordado con la firma Hertz. Con grandísima pereza me decido a llamar para ir reservando el vehículo. Pido una segunda tetera y enciendo mi primer farias del día.</p>
<p>Ha venido a nuestro encuentro Jordi luciendo su camiseta de DERIVA con la intención de enseñarnos la ciudad hoy en su ambiente festivo del día del libro y la rosa. Finalmente el asunto del coche de alquiler está solucionado. Nuestro anfitrión me salva el último escollo y nos llevará al aeropuerto de Reus donde mañana nos darán las llaves del vehículo, a entregar después en el centro comercial Garbera de San Sebastián. He alquilado un ford ranchera, ranchera o “space wagon”, como se dice en el horrible mundillo automovilístico. Hago las cuentas sorbiendo gravemente los últimos tragos de té. Por experiencia sé que las cifras de las teleoperadoras son engañosas y en un principio no incluyen seguros (opcionales, sí, pero ineludibles por la enorme franquicia que dejan al descubierto), ni kilometraje adicional, ni impuestos, ni apertura del contrato (otro absurdo). Toni se atraganta cuando oye el montante de lo que nos saldrá la broma del coche alquilado; Igor me mira con los ojos desorbitados: unos 320 euros todo incluído, a excepción de la gasolina. Hago un subrayado enérgico en el papel y tiro a la mesa el bolígrafo. Me reclino sobre la silla y me aguanto.</p>
<p>La ciudad está animada a más no poder. La plaza del Mercadal revienta de colorido y bullicio de gente. Hay puestos de libros bajo los soportales y en la extensión franca de la plaza. Cada partido político tiene su chiringuito con su logotipo y su colección particular. La gaviota del partido popular se enfrenta al rojo y negro de los anarquistas y los republicanos nacionalistas a los de la liga comunista internacional. Jóvenes estudiantes venden a 3 euros rosas de todos los colores envueltas en celofán a quien quiera que pase a su lado. Un gigante corpulento vestido de Elvis canta por un megáfono una cantinela grotesca y manicomial pidiendo el voto para sí en las próximas municipales. En el centro de la plaza hay un plató de televisión local retrasmitiendo en directo y por alta megafonía la entrevista con algún concejal de circunstancias. Todos nos perdemos un poco dando vueltas a la plaza.<br />
Hojeo en un pequeño puesto unos libros con fotos sobre la guerra civil en Reus escritos en catalán. Hojeo unos libros sobre alimentación macrobiótica. Hojeo un volúmen acerca de Jacinto Verdaguer y la poesía de la Renaixença. Es una bonita mezcolanza. Finalmente no me compro nada. Ni siquiera la rosa que me ha ofrecido insistiendo la “bien plantada”: una muchacha preciosa, estudiante, con una pegatina troskista en el pecho. (¿Se puede pedir algo más sexi?). Le hubiera comprado el gran ramo entero.</p>
<p>Estamos comiendo con Jordi en un restaurante modesto de menú muy arreglado. Es una taberna con solera y con un patrón muy pinturero y atento, solemne, ataviado con gran delantal blanco que le alcanza los tobillos. Como diría un castizo, la manducatoria es flor de canela y se compone de tres platos donde entra una ensalada que se agradece mucho tras la menestra y el rabo de buey, ciertamente. Hoy me salto el vegetarianismo: quizá esté a falta de proteínas. Después de la comida, sufriendo un poco de desfibración y soñolencia, vamos caminando lentamente bajo el sol hacia el apartamento de Jordi para no perder la costumbre milagrosa de la siesta, ave fénix de los excesos.</p>
<p>De nuevo en la calle, a media tarde, visitando los vetustos salones del Centro de Lectura y la biblioteca magnífica que posée el Teatre Bartrina por su entrada histórica de la calle Mayor. Algunos pocos empollones clavan la mirada bajo las lámparas modernistas mientras una señorita encargada, de falda bien recta y entallada a la zaga poderosa, nos mira recelando tras las gafas sin montura. Paseamos las estancias de tarima crujiente: Se pide silencio. Altas vidrieras de libros; maderas de roble y bronces decimonónicos; mapamundis con mares nunca antes navegados y globos terráqueos; placas de mármol conmemorativas; cielos rasos historiados. Casi me ha parecido ver asomarse al ciego Borges.<br />
¿Qué os parece? les digo susurrando a Igor y Toni.<br />
Obedientes a los avisos se quedan en silencio, suspensos, torciendo el cuello hacia las alturas.<br />
Creo&#8230; – pienso para mí- creo que es un sitio perfecto para abandonar un cadáver. Quiero decir, para intentar el arranque de una novela de intriga psicológica, a la manera de Dickson Carr o uno de estos británicos por el estilo. El entorno lo vale.</p>
<p>Se acerca la hora de la prueba de sonido. Jordi llama por móvil para convocarnos y bajar de su ático los amplificadores y las guitarras. A falta de ascensor hacemos una cadena escaleras abajo con los trastos, excepto para el gran bafle Sinmarc de Toni que ayer dejamos en un rincón del portal, escondido tras las cancelas entre hojas de periódico, como si eso pudiera disimular un bulto tan evidente.<br />
Bajando las escaleras se me ha resentido el menisco roto. Ya se me pasará,<br />
aunque algún día tendré finalmente que ponerlo en quirófano.</p>
<p>Entramos al Bartrina por el muelle de carga que da a la plaza trasera. La puerta enfrenta directamente un gran montacargas que salva apenas cuatro escalones hasta el nivel de las bambalinas. Todos los muros están pintados de negro mate y se alzan desde los cuadros de luces hasta los mecanismos altísimos de telón como sombras opresivas y apabullantes. De puntillas, conscientes de nuestra insignificancia, hemos recorrido este breve tramo tan lleno de misticismo y horror sagrado que son los bastidores. Los técnicos de sonido ya están en su trabajo de cableado. Unos pasos más allá, al doblar los lienzos laterales, descubrimos con los ojos embelesados el soberbio tendido, fulgurante de luces doradas, iluminado con todo su esplendor magnífico. Tres balconadas de platea recorren de lado a lado la media circunferencia alcanzando la alta bóveda suspendida sobre el patio de butacas. Todo está expectante, y aunque absolutamente vacío, no diría yo deshabitado. Me inquieta ver que todo está orientado hacia la escena donde me encuentro. Que tantas filas de butacas sólo tienen sentido por cuanto que existe este escenario. Me siento un agujero negro, un punto de fuga masivo. El corazón da un vuelco. Siento un vértigo mareante y por un momento me quedo mirando el espectáculo a la inversa: desde las tablas hacia las plateas iluminadas.</p>
<p>Santos Ionesco, Bretch, Sastre, el ruso del jardín de los cerezos que tanto me gusta, (ahora no me acuerdo de tu nombre), Santos Lope y Valle Inclán, San Buero, San Beckett, Santos cómicos de la legua, yo qué sé&#8230; derramad sobre mí la gracia de la musa y el deus ex máchina de la inspiración para el monólogo de esta noche. Os lo pido temblando, lleno de fervor y con dos lágrimas en las mejillas: una, la del amor y la gloria; otra, la del fracaso y la soledad.<br />
Concededme …</p>
<p>Igor me despierta de las ensoñaciones. Me toca en el hombro y me pregunta dónde me parece que tiene que poner la pandereta y el cajoncito flamenco. Me quedo confundido: ¿Cajón flamenco? ¿No eran timbales y gongs? Estos baterías&#8230;¡ siempre tan terrenales!</p>
<p>Rafa Berrio.<br />
ZBLT.</p>
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		<title>SALA GARUFA de La Coruña.</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Mar 2007 11:33:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafaberrio</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Harresilanda]]></category>

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		<description><![CDATA[30 de marzo 2007. Viernes. Con un día de antelación salimos a las 9:30 de la mañana hacia La Coruña para nuestro último concierto subvencionado por Artistas en Ruta. En Carrión de los Condes, a mitad de camino entre Burgos y León paramos a comer nuestra tartera de tortilla española y beber el agua de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><img class="alignleft size-medium wp-image-146" title="coruña lamarina" src="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2007/03/coruña-lamarina-300x224.jpg" alt="coruña lamarina" width="300" height="224" />30 de marzo 2007. Viernes.</strong></p>
<p>Con un día de antelación salimos a las 9:30 de la mañana hacia La Coruña para nuestro último concierto subvencionado por Artistas en Ruta. En Carrión de los Condes, a mitad de camino entre Burgos y León paramos a comer nuestra tartera de tortilla española y beber el agua de Mondáriz que traemos. Austeridad a medida del paisaje. A nuestro lado ha pasado un jóven pastor envuelto en una manta raída y detrás de él un pequeño rebaño de ovejas buscando tal vez las alamedas del río cercano. Un grupo de rock, parado aquí, resulta  una incongruencia monumental. Casi siento vergüenza. Cambiando la realidad, por un momento se impone el Siglo de Oro, y nosotros debemos ser los sucesores del retablo de Maese Pedro, sin duda.<br />
En la ruta, me han impresionado los gigantescos viaductos de hormigón  construídos sobre el Bierzo y las vertiginosas alturas que salvan, rozando apenas las laderas más vírgenes de las montañas. Hice este mismo camino en el 86, pero no recordaba nada de esto. Qué pena que España haya progresado tanto.<br />
Por lo demás llegamos a La Coruña sin novedad, ya  de atardecida. Es una visión maravillosa esta ciudad en su frente marítimo. El sol dorando los cristales de los miradores blancos, las arcadas de piedra en penumbra.<br />
Igor y yo soñamos con nuestra primera cerveza. Toni no quiere nada. Dejando la furgoneta en cualquier lado, hemos venido a parar a la cafetería más burguesona de toda la capital a juzgar por lo que se ve, enfrente del teatro ****.  Quiero fijarme bien en las caras y las maneras de estas señoras coruñesas que charlan, con su acento tan dulce y tan líquido, tomando a sorbitos tónica o una taza de café, servidas por adustos camareros uniformados, que a su vez nos vigilan a nosotros.<br />
¡No me puedo creer que estemos de pronto en Galicia! Es extraño pensar que la vida ocurre simultáneamente “en todas partes” y que nosotros estemos ahora “de este lado” sorprendiéndola.</p>
<p><span id="more-136"></span></p>
<p>Siguiendo el litoral, y adentrándonos en las murallas hacia lo alto, no nos ha costado demasiado encontrar la calle ****. Marcos, el patrón del bar Garufa, ha salido a buscarnos al bodegón cercano donde finalmente hemos parado.<br />
Marcos me ha recordado, así, de pronto, a un jóven Anthony Queen. Los ojos del color que lo tienen muchos gallegos, algo como entre gris verdoso y ámbar ; la expresión marcadamente amistosa con un punto de sarcasmo en la mirada, y un deje en la sonrisa de golfería  irresistible. De esta manera no me ha extrañado nada que me dijera que hace trabajos de actor en la televisión gallega encasillado en los  papeles de villano. Tampoco se me ha cambiado la expresión cuando me ha contado su pasado como cantante de boleros y tangos. El físico lo tiene y el carácter es el destino.<br />
Hemos dejado los instrumentos en el almacén del bar,  y a pie, acompañados por Marcos, nos hemos dirigido hasta el hostal que nos han reservado en la zona comercial de la ciudad, una especie de “Baixa” semipeatonal y en cuadrícula que desemboca siempre en la plaza de ****.</p>
<p>La noche del viernes ha comenzado y todos los bares, todos los restaurantes, se ofrecen para nosotros, nuevos y desconocidos, en cada rincón, en cada callejuela, en cada esquina. Las pizarras anuncian pulpo a feira, navajas, berberechos, lacón y grelos, caldo gallego, morros y callos. Ya anticipo el ruido del Ribeiro jóven golpeando contra el cuenco de loza blanca formando espuma. Realmente los ojos no saben dónde parar la mirada. Las tabernas rivalizan en pintoresquismo. Deambulamos felices, dueños de nuestro tiempo y con el dinero quemándonos los bolsillos.</p>
<p><strong>Sábado 31 de marzo.</strong></p>
<p>Ayer noche Igor sintió su particular “diablo en el cuerpo” y nos despidió a Toni y a mí a la puerta del hostal prometiendo no volver demasiado tarde. Nos hemos dado todos la mañana libre y tenemos una cita para comer hacia las dos de la tarde.<br />
Yo he ido a visitar en solitario el mercado central, después de desayunar en el bar donde toman su café con leche los tenderos de los puestos apenas cruzan la calle, o se lo llevan “take away” con una tapa de papel albal.  Me he quedado mirando fijamente, parado como un tonto en mitad de un camino, los grandes manojos de grelos, sintiendo  ganas de hundir la cara en tal frescura, el pequeño tamaño de las  coles, los nabos blancos y nabos morados  –inexistentes en Amalur &#8211; , las grandes hogazas de pan campesino, las pescaderías repletas de marisco&#8230; una exuberancia como en pocos sitios he visto. He intentado fijar en la retina las fisonomías de las pescateras y el habla de este chalaneo maravilloso de los mercados. Cuando me ha parecido que  ya llamaba la atención y temiendo a estas brujas del mandil de hule, que te dan quince y raya y te venden un congrio por menos de nada , he salido y he agotado el centro de la ciudad tomando café aquí y allá, a veces resguardándome de los chubascos repentinos en alguna librería, en los soportales de algún teatro, lanzando con satisfacción el humo de mi farias a la vista de las chicas guapas coruñesas (por ejemplo), o frente a alguna plazuela encantadora algo apartada.<br />
He sentido felicidad esta mañana.</p>
<p>A la hora de comer nos hemos encontrado bajo el sol en la plaza de ****. Ya he notado mudo y descompuesto a Igor. Con mala cara realmente tras las gafas negras. Sentados los tres a la mesa del bar de menús que hemos elegido, ni siquiera ha probado la ensalada que le han puesto. Al tercer suspiro le he “mandado” de buen grado a su habitación sintiendo bien lo que siente por pura experiencia. No le ha hecho falta decírselo dos veces y ha salido trastabillando. Toni y yo hemos picoteado a los postres su primer plato aún intacto . Vete a saber lo que hizo ayer noche o con quién estuvo.</p>
<p>Tras la siesta de 90 minutos en el hostal, he salido con Toni a dar un paseo por el puerto hacia el mar abierto en dirección a la Torre de Hércules, aunque sin llegar a ella. El aire de mar adentro levanta rizos al mar y azota la frente despejando la cabeza. Esta es la tierra de la familia de mi bajista y le supongo una emoción especial contemplando estas vistas marinas tan azules, aunque con Antonio nunca se sabe y es muy arriesgado aventurar lo que piensa. Un poco más allá de la curva de la muralla, dejando la costa a nuestra derecha, hemos subido por los jardines escarpados hacia la ciudad antigua, entre cañones napoleónicos y anticarros del ejército de Juan Carlos I, buscando sin prisa el  Garufa donde nos espera el montaje y la prueba de sonido.<br />
Nos hemos parado a tomar un té en una de esas cafeterías que el ayuntamiento debería declarar intocable, sentados en una mesa esperando a Igor, que llegará del hostal y al parecer ya se está recuperando de la cruda rigurosa que padecía.<br />
Llega subiendo la cuesta con una sonrisa de complicidad y unos ojillos maliciosos como ponderando la calaverada de ayer noche que todos imaginamos. De mí recibe algunas palmadas de compadreo en la espalda y de Antonio cierta reprimenda suave del tipo Ay, ay, ayy&#8230; Nos cuenta algo de lo que pasó en esas horas ignominiosas mientras se embucha dos botellines de agua como quien no respira. El relato no me sorprende: la noche es la cosa más vulgar del mundo y siempre se repite.</p>
<p>Nos levantamos de la mesa. Ahora toca trabajar en lo nuestro, montar el retablo de papel maché, o el  guiñol éste llamado Deriva (o Rafa Berrio Trío), que como trabajo, desde luego, es bien poco: Poner en pie la dramaturgia colorín y representar a la remanguillé apenas un puñado de canciones de mala muerte; doblar un poco la espalda saludando al respetable al término; beber desaforadamente cien ginebras mientras se empaquetan y se apilan los amplificadores en la furgoneta, y, agitando la mano, salir pitando de nuevo a la autopista hasta que la junta de la culata reviente en algún kilómetro remoto.</p>
<p><strong>EPILOGO:</strong></p>
<p>El GARUFA es un bar muy recomendable para tocar. Un verdadero nido underground en el corazón del barrio viejo de La Coruña. Hay un equipo de sonido sencillo pero efectivo (mejorable) si no se es muy exigente, y un escenario excelentemente situado con relación al público y viceversa. Marcos, del que hablado más arriba, que nos atendió y nos cuidó de lujo, el otro Marcos, que nos arropó en todo momento también, Pepe Doré, (del grupo Los Doré), que estaba ausente esos días  pero que nos facilitó por teléfono todo cuanto yo pedí desde Donosti; Alvaro Dorda, el disjockey “residente” y músico, que puso esa noche la música más increíble que haya escuchado en años, (¡ Roky Erikson, Los Only Ones !), todos ellos forman la comandita del Garufa, un bar y una gente que ya, sólo por el cartelón   de Carlos Gardel Sonriente que tienen en la entrada, ya me caen de&#8230; puta madre, hablando en plata.</p>
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		<title>Pabellón Universitario. Vitoria-Gasteiz.</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Mar 2007 11:12:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafaberrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conciertos]]></category>
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		<description><![CDATA[28 de marzo 2007. Miércoles. 22:30 h. “Siempre sublime no se puede ser” me dice Toni medio en bromas cuando regresamos del concierto de la Universidad de Vitoria. Yo le miro ensayando una media sonrisa que más se parece a un puchero infantil. Y es que realmente la actuación ha sido un “bluff”. Salir a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>28 de marzo 2007. Miércoles.<br />
22:30 h.</strong></p>
<p>“Siempre sublime no se puede ser” me dice Toni medio en bromas cuando regresamos del concierto de la Universidad de Vitoria. Yo le miro ensayando una media sonrisa que más se parece a un puchero infantil. Y es que realmente la actuación ha sido un “bluff”. Salir a un escenario es una cosa muy complicada. Con una visión superficial alguien diría que se requiere un gran ego para pisar las tablas, pero todo este ego desmesurado se sustenta en nada: pequeñas menudencias en torno a uno, supersticiones&#8230; A veces algo falla y todo se va al traste. Yo no he querido ni he podido sacar adelante el concierto. He salido al escenario con la personalidad minada por un trabajo, se diría, de zapa subterránea. Y es que en Vitoria han habido “antecedentes”, “gestos”, “circunstancias”&#8230; hechos absolutamente banales sin ninguna importancia, pero que unidos en una pu-ta ca-de-ne-ta me han dejado de rodillas y vencido. Ay&#8230; No quiero pensar en ello.  La actuación ha sido una ful. Lo siento sobre todo por el público, por el  poco público siberiano que había en la sala. (a pesar de la media página y la foto en la sección de cultura del Correo que ha escrito N. Artundo)</p>
<p>Nuestra vieja furgoneta Peugeot va recorriendo las largas rectas de Alava recién anochecida, camino de Donosti. David Soriazu, que esta noche ha tocado la guitarra en cuatro temas con DERIVA, conduce delante de nosotros su Ford  Transit. Ha debido de pensar que estoy loco, o que soy un caprichoso. Lo siento, muchachos.</p>
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		<title>Cáceres. Corral de las cigüeñas</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Mar 2007 17:07:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafaberrio</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Harresilanda]]></category>
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		<description><![CDATA[21 de marzo. 2007 Por una llamada rutinaria a Cáceres, preguntando la dirección del hostal que nos han reservado, descubrimos la confusión de fechas a dos días del concierto. Desde allí me dicen que será el viernes. Yo insisto en que la cita es el sábado. Cerré este concierto para Artistas en Ruta hace meses, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-148" title="caceres" src="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2007/03/caceres-300x224.jpg" alt="caceres" width="300" height="224" /><strong>21 de marzo. 2007</strong></p>
<p>Por una llamada rutinaria a Cáceres, preguntando la dirección del hostal que nos han reservado, descubrimos la confusión de fechas a dos días del concierto. Desde allí me dicen que será el viernes. Yo insisto en que la cita es el sábado. Cerré este concierto para Artistas en Ruta hace meses, exactamente a mediados de diciembre, y ahora nadie está seguro de nada. De cualquier manera hay que tocar cuando el patrón del Corral de las Cigüeñas diga, pues no hay posibilidad de aplazar al día siguiente. Sale perdiendo Igor, que ha tenido que pedir el día entero libre en el trabajo, y todos nosotros en general, pues tendremos que viajar, llegar y tocar de seguido.</p>
<p><strong><em>23 de marzo.2007<br />
Viernes, 9 de la mañana.</em></strong></p>
<p>Hoy estreno la furgoneta Peugeot de 6 plazas que he comprado de segunda mano a mi amigo el mecánico Javi “Doska”. Cuando llego a Larratxo a recoger a Igor y a Toni, éstos se ríen del trasto grande y oxidado que traigo conduciendo. Hacemos carga con facilidad pues la furgoneta, aunque mediana, bien pudiera contener 4 Derivas en directo. Salimos hacia las 10:00 de la mañana. La ruta es: Vitoria-Burgos-Valladolid-Salamanca y finalmente Cáceres. Tenemos por delante unos 780 kilómetros y un humor excelente.<br />
Llegamos sin novedad a las 20:00 horas al centro de Cáceres. Luis, el patrón del Corral de las cigüeñas, que nos ha brindado todo tipo de atenciones, está atento con el móvil a nuestra entrada. Ahora nos dice que nos hemos confundido de ruta y hemos venido desde Salamanca por el antiguo puerto del Manzano (o algo así), que ya nadie toma desde que existe la autovía. ¿pero qué autovía?  ¿dónde estaba la autovía?, nos preguntamos. Ya me extrañaba a mí que tuviéramos que atravesar unas aldeas tan desiertas guardadas por perros ladradores que salían al encuentro del furgón, y esa carretera llena de curvas al pie de los embalses. Eso sí, el paisaje era maravilloso, y el sol se hundió por aquellos parajes, rojo y gigante, en el espejo retrovisor.</p>
<p>Uno de los encargados del Corral viene a buscarnos a la glorieta donde nos encontramos. Estas son las anchas avenidas de la ciudad nueva. Con él a mi lado vamos metiendo la Peugeot por las callejas del casco antiguo espantando a los pobres transeúntes hasta llegar a la plaza de Santa María, justo a unos metros de la entrada del Corral, en la Cuesta de Aldana. Una vez más Cáceres nos admira con sus piedras viejas y sus torres llenas de cigüeñas perezosas. Por estas calles se filman películas renacentistas sin necesidad de trucar nada y parece que fuera a salir de cualquier cancela el señor de Toledo-Moctezuma con su paño negro y su golilla de gasa blanca.<br />
Nada más llegar al corral pregunto a los camareros por Alexandra Whitaker y su niña. Les digo: ¿han visto ustedes por aquí a una chica con aspecto de guiri acompañada por una niña muy rubia de ojos azulísimos? Alexandra ya anda por aquí. Ha dejado recado de que volverá más tarde.<br />
No tenemos tiempo de nada. Hay que montar rápidamente y acto seguido tocar. ¿ antes, puedo tomarme un güisqui&#8230; para el polvo del camino? Igor y y Toni me miran aprensivos. Tiene que ser de trago y arreando.</p>
<p>El Corral es un verdadero y antiguo corral a cielo abierto&#8230;  <span id="more-124"></span></p>
<p>Es un patio completamente cercado por un muro alto colonizado por hiedra muy verde. En el centro se levanta un ejemplar de palmera colosal y magnánima, y hay vegetación diversa por los rincones. Da una sensación de frescor y de acogimiento muy agradable. Hay mesas altas con sus  taburetes repartidas por toda la superficie empedrada y de cuando en cuando un alto brasero calefactor en forma de sombrilla. Hay un mostrador abatible, como de playa, que se extiende en uno de los costados, y sí, es allí donde sirven el güisqui. Otro edificio bajo que se levanta a continuación contiene el bar “a cubierto”, una especie de pub de copas con su pequeño escenario. Pero esta noche permanecerá cerrado y sólo se abrirá el corral y la barra exterior.<br />
Al otro extremo del portón de entrada al patio, junto a una esquina del muro, está el otro escenario, el de esta noche al aire libre. Es un semicírculo elevado de piedra desde el que se domina todo el pintoresco cuadro. Ya han puesto los tres monitores y dos técnicos de sonido están cableando cacharros diversos, de esos tan inevitables en el mundo del rock. Y también hoy estreno, además de furgoneta, amplificador para mi guitarra. Un Mesa-Boogie que he comprado de saldo en Kirol Music de la calle Zabaleta. Viene con su “carcasa de vuelo” toda compacta y plateada. Una cosa muy bella.<br />
A Toni le hace ruido el ampli. Parece que tienen problemas con el retorno y hay un zumbido constante. Los técnicos dicen que será el envío a mesa. Será el “line”. Será la caja de inyección. ¿quién sabe? Toni parpadea incrédulo.<br />
Igor monta su cajón flamenco pero se le ha roto la palomita que sujeta la pandereta al pie metálico. Se ha quedado mirando la rosca por un momento. Debemos arreglarlo con cuatro vueltas horribles de cinta americana. Empieza a caer el frío sobre el Corral y estoy un poco tembloroso, destemplado como las viejas. Echo de menos un chal.</p>
<p>Aparecen por el portón Alexandra y su niña Stella. Por el gesto entiendo que no les dejaban pasar a las pruebas de sonido.  Hacía tres años que no veía a Sasha. Mi mejor amiga, mi fraternal amiga a través de los años y las ciudades. Mi semejanza, mi otro yo. Hoy ha tenido el detallazo, el bello gesto, de venir desde Sevilla en autobús, reservar noche de hostal, y mañana pasaremos casi todo el día juntos haciendo turismo y charlando por esta ciudad de Cáceres. Sasha está más guapa que la última vez que la ví. Con un semblante relajado y muy sereno. A veces es muy tímida, pero esa reserva sólo esconde una personalidad arrolladora. La niña Stella es un caso aparte. Ha crecido mucho en estos tres últimos  años, y sus grandes y enigmáticos ojos azules me miran en silencio, sin perder detalle. Ella fue clarividente cuando aún no tenía 4 años y una tarde en Oronoz-Mugaire me señaló con el dedo y dijo apenas: “Drink-man”. Luego ya enmudeció como es su costumbre. De ella tengo también otro recuerdo: en mi casa hay un único adorno en las paredes y es su dibujo. Un dibujo suyo  con una dedicatoria por mi cumpleaños que representa las montañas y el valle de Santa Engracia en Zuberoa. He dado un gran abrazo a Sasha, pero tengo que alejarme y seguir con el montaje del equipo. Con una cerveza y un refresco de naranja les he pedido que esperen sentadas en una de las mesas del patio, bajo los braseros encendidos de butano, y más tarde hablaremos con tranquilidad.</p>
<p>Por si fuera poco el ruido del ampli de Toni y el incidente del pedal de Igor, ahora mi nuevo ampli Mesa Boogie se va y se viene. De nuevo el terror sobre el escenario. Quiero decir que suena la guitarra y de pronto se va desvaneciendo, y de nuevo vuelve el sonido. ¿será una lámpara? Los técnicos lo miran fijamente como intentando resolver por ciencia infusa el problema. Todos rodeamos el trasto en un estúpido corro de las patatas. Finalmente alguien aprecia una lámpara estallada. Yo meto la mano y con cuidado, pues es cristal roto y muy fino, hago la extracción. La noche no está precisamente de nuestro lado. Ahora parece que suena de manera normal. La lámpara que le he quitado tal vez sea apenas un ornamento, un adorno inútil y engorroso, o sea, pura fanfarronería de la casa Boogie, pero no me fío, no me fío. El técnico decide colocarme también por línea en previsión de que vuelva a fallar y aplaudo esa cautela. La desconfianza se abate sobre nuestros hombros. Empezamos a sentirnos empequeñecidos, señalados por un augurio siniestro, y eso es el principio de un fracaso seguro.<br />
La gente empieza a entrar en el Corral. Las mesas se van ocupando. Damos por finalizada la prueba de sonido y ya sólo queda tiempo de cambiarse de camisa en el bar interior que nos sirve de camerino, encender un puro y abandonarlo, dar un trago desesperado al vaso y ahí vamos. Si cierro los ojos aún puedo ver con claridad las rayas blancas de la carretera y la cinta gris del asfalto en movimiento hacia mí. Tengo el cerebro un poco calcinado, estoy aturdido de verdad y no me acuerdo con qué canción empezamos los conciertos. Toni me asiste como suele tener a bien hacerlo. En el escenario Igor se ha colocado mal. Está con su cajón de tal manera que no le logro ver con un vistazo rápido, sino que tengo que girar la cabeza&#8230; pero ya no tiene arreglo. Distingo en las sombras de la gente a Alexandra y a Stella en una mesa central del patio, sonriendo. Conozco muy bien esa bella sonrisa. Al fin un poco de serenidad&#8230; No sé por qué, me viene a la mente el área de pic-nic donde hemos comido  esta tarde en la autopista, cerca de Burgos, y luego la cara precisa del gasolinero de Plasencia, y el sol rojo sobre el embalse&#8230; Dicen que cuando uno va a morir, en un accidente predecible, por ejemplo, el cerebro desvía la atención hacia cosas banales, como que te has olvidado las llaves, o el bolsillo roto que tienes que coser&#8230;  Déjalo ahí. Comenzamos.</p>
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		<title>Ultravioleta</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Mar 2007 16:56:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rafaberrio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Amor a Traición]]></category>
		<category><![CDATA[Conciertos]]></category>
		<category><![CDATA[Rafael Berrio]]></category>

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		<description><![CDATA[Hacia las navidades del 2006 me llamó Mikel Iturria para encargarme un espectáculo para su programa ERAKUSLEIHOA. El patrón del Centro de Cultura Ernest Lluch quería que uniera poesías de Iñaki Berrio y canciones mías, añadido a “todo lo que se nos ocurriera”. Días después le llamaba para aceptar el encargo, tras haber consultado la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-122" title="DSC00471" src="http://rafaberrio.com/blog/wp-content/uploads/2010/02/DSC00471-150x150.jpg" alt="DSC00471" width="150" height="150" /> Hacia las navidades del 2006 me llamó Mikel Iturria para encargarme un espectáculo para su programa ERAKUSLEIHOA. El patrón del Centro de Cultura Ernest Lluch quería que uniera poesías de Iñaki Berrio y canciones mías, añadido a “todo lo que se nos ocurriera”. Días después le llamaba para aceptar el encargo, tras haber consultado la opinión –favorable- de Iñaki. Pasé el mes de enero y febrero imaginando (en los ratos de la siesta, a la caída de la tarde, en el insomnio ocasional) cómo debería ser aquello. En los primeros días de marzo la actividad fue absorvente y definitiva.</p>
<p>La función, o la performance, iba cobrando forma efectiva, y pasando del mundo de  lo abstracto a lo concreto.  En ULTRAVIOLETA  intervendrían numerosas personas en distintos apartados. Mikel Iturria se lamentó del lío en que me estaba metiendo.<br />
En el Ernest Lluch de Anoeta, el día 15 de marzo de 2007, a las siete y diez de la tarde, todas ellas, en un admirable trabajo de equipo, (eso sí, un poco anárquico, pero eficaz) llevaron a cabo, en 57 minutos exactos, el “evento irrepetible”, delante de un público compuesto, aproximadamente, de unas 75 personas.</p>
<p>Este es el elenco:</p>
<p>Jorge Carrero: El actor profesional, el dandy, el caballero pálido, habitante de otro siglo, como escapado de una novela de Marcel Proust. De constitución delicada pero con una energía arrebatadora en la voz, leyó con maestría 12 poemas en directo ¡ sin -un- solo- error- en- absoluto! como si el lenguaje fuera una propiedad exclusivamente suya, y él, un marqués paseando atentamente por sus dominios. Unas semanas atrás había recitado los poemas frente al micrófono del estudio de Zulaika y el técnico y yo nos mirábamos admirados. En la grabación, al final de cada poema, se escucha al fondo un “¡bravo!” incontenible de mis labios.  El cuaderno que trajo al espectáculo estaba todo lleno de “rayitas” y signos diminutos.<br />
Me dijo que era una guía de acentos y silencios.</p>
<p>Félix Garbayo: El “otro” actor. La voz en off de las videoproyecciones que hiciera Jean Condé. Leyó 5 poemas en el estudio de Zulaika y se puso tan nervioso que no podía parar de pedir perdón por su supuesta torpeza. Y sin embargo ni él mismo sospechaba que lo que hacía era “sublime”. Hay una emoción desbordada en su voz, un timbre ambiguo (¿es mujer, es hombre?) una coloratura misteriosa&#8230; hay clarividencia, hay un arte tal en el recitado que no podía haber elegido a mejor actor para los poemas en off. Y son tan diferentes los dos actores que no puede haber conflicto de registros. Félix, además de actor aficionado, escribe  poesías muy hermosas, tiene el pelo lleno de caracolas, es  bohemio, lunático y buena persona.</p>
<p>José Puerto: Después de muchísimos años sin tocar juntos se produjo el reencuentro, y lo hizo con su guitarra eléctrica Gibson les Paul. José Puerto hizo el contrapunto a mis acordes en las  siete canciones que compuse para los textos de I. Berrio. Como estaba un poco desentrenado tuvimos que cambiar las viejas cuerdas a sus guitarras con gran disgusto suyo, pues las prefiere roñosas y destempladas, pero yo le obligué haciendo el papel de hombre cabal. Hicimos tres ensayos matinales en mi local de Larratxo y su gran preocupación fue el sonido que quería conseguir. Finalmente con una gran distorsión y un pedal de vibrato de la Vox tonelab lo dejamos fijado. José Puerto es sobre todo intuitivo y libre, tiene a la guitarra ese estilo insolente y despreocupado, sangre directa del punk, que convierte lo que toca en un pasaje lleno de vida a borbotones.</p>
<p>Imanol Solores: acompañó al violín las siete canciones de Ultravioleta. Fue  el tercer elemento del trío que montamos expresamente para el Evento. Solores es un muchacho jóven del cual me habló el profesor de violín Jorge Bruschi, como alumno aventajado suyo cuando niño. La sorpresa es que ahora toca la guitarra en un grupo de Metal, pero aún así accedió sin saber quiénes éramos nosotros, ni de qué extravagancia final se trataba. Con una sonrisa y una suavidad silenciosa permanente, se aplicó a mis notas y mis indicaciones y supo ponerle el toque Velvet a los temas. Como es músico de carrera no hay que preocuparse por él. No falla: “siempre” tiene la nota colocada en su sitio.</p>
<p>Mabel: Esta es la chica que siempre quedará en mi memoria resplandeciendo de blanco bajo la luz negra. Bailó un poema, ¿? un solo poema titulado “Simultáneas” flotando en el aire justo detrás de Jorge Carrero y recitado por éste mismo. Cuando el poema terminó, ella desapareció por detrás del telón de terciopelo dejando en la retina del público una mancha fosforescente. Quizá fuera sólo un sueño.</p>
<p>Jean Condé: Llegó de París (Francia) como Holly de Florida. Apareció en la estación de Hendaya con un trípode y dos maletas de aparatos ópticos, unos cinco días antes del Evento. Pero semanas atrás ya hablábamos por teléfono cada semana para saber uno del otro y de sus ideas, pues yo había confiado en él todo lo referente a las imágenes y la videoproyección. En su Mac traía los 5 bocetos (auténticas joyas de videoarte) montados sobre la voz del actor Félix Garbayo y sólo quedaba darles el último toque en nuestra buhardilla de Zabaleta. Además tenía que filmar en San Sebastián y montar las imágenes de I. Berrio para la presentación y el final del acto. Tenía sencillamente las horas medidas y apretadas. Había que ponerse a trabajar “casi” sin descanso. Pero Jean es profesional y lo tiene controlado. El adora una buena y animada charla frente a una botella, devorando cigarrillo tras cigarrillo. Las conversaciones con Jean nunca acabarían si no se interpusiera la madrugada de por medio. Y nunca tiene sueño. Con barba de tres días y unas sandalias a guisa de zapatillas montó en la buhardilla frente al ordenador y nunca perdió el optimismo, pese a dormir apenas 5 horas por noche. Su visión de las cosas fue definitiva para llevar a cabo Ultravioleta.</p>
<p>Iñaki de Lucas: Fue el técnico de sonido y factótum del espectáculo. Apenas pisó la sala y  ya se sabía el guión de Ultravioleta mejor que nadie. Tomó más responsabilidades de las que se le podían pedir y eso demuestra su gran generosidad. Todo funcionó OK: con de Lucas no puede ser de otra forma, y los que le conocen, lo saben.</p>
<p>Eneka (y Clara) Esta pareja con la que ya había colaborado en la presentación de mi videoclip (veáse el blog del Ondarra) y en la actuación de la Universidad de San Sebastián, pusieron parte del equipo de video y de proyección y Eneka hizo de brazo derecho necesario de Jean Condé. Qué pena que Clara no pudo llegar sino al final del Evento.</p>
<p>Cruz Larrañeta: La fotógrafa del pop y el rock de Donosti por excelencia. A las órdenes de Jean, Cruz filmó el ensayo general (la italiana como dicen los del oficio) y filmó el espectáculo con una cámara móvil, mientras Eneka controlaba otra fija. Sacó fotografías y nos trajo a su niño Samuel enfurruñado la tarde anterior al Evento. Ambas cintas están en París ahora, a la espera de que Jean confeccione un montaje.</p>
<p>Fidel: Técnico de luces de la sala. Fidel había venido para montar y encender un equipo de luz y se encontró con un fulano como yo que le estaba preparando un listado de ¡27 escenas diferentes que se sucedían consecutivamente y sin solución de continuidad! 27 puntos que debían ir sincronizados, uno tras otro, con las imágenes, las canciones, la lectura en directo, etc, etc. Al principio me odió. Luego creo que se sintió satisfecho, al decir de Jean, que era el que “cantaba” las escenas y dirigía la línea de técnicos.</p>
<p>Juan Zulaika: Patrón del estudio “La ventana indiscreta”, en el corazón del barrio del Antiguo. El se encargó de grabar a los actores semanas antes del evento, editar las voces, convertir los formatos para Jean, etc, etc. Zulaika es un hombre cuya característica principal es la eficiencia, la solvencia. Y no está nada mal en un mundo lleno de personas negligentes.</p>
<p>Gemma Amiama: Ella se encargó de pasar al ordenador la versión definitiva de los poemas, uno tras otro hasta 25, y más tarde, -cuando monté la maqueta del librito y encargué las fotocopias-, de hacer los plegados de las hojas, atinar con la grapadora, grapar, y, finalmente, estamPAR con un golpe de puño el sello de la portada. Gemma hizo estas operaciones y dio forma a la mayoría de los 100 ejemplares que hicimos de Ultravioleta en formato “plaquette”, y que luego regalamos en la entrada al público asistente al Evento.<br />
La plaquette Ultravioleta es un librito de unas treinta páginas fotocopiadas más una hoja suelta y manuscrita con 26 poemas de Iñaki Berrio.<br />
Gemma Amiama también hizo “catering” vegetariano en las horas duras de Jean montando en Zabaleta, y aportó cuando quiso sus ideas y su humor bullanguero.</p>
<p>Sophie Benoits: la mujer de Jean Condé, que llegó a San Sebastián el día anterior y llegó desde París-Montparnasse hasta la mismísima puerta del Ernest Lluch ¡casi sin poner el pie en el suelo! &#8230; gracias al topo.<br />
En silencio e invisible en la zona de atrás, sus grandes ojos azules miraban todo lo que ocurría delante y detrás del escenario y, estoy seguro, nada se le ocultaba a su inteligencia. Con ella, Jean obtuvo en Donosti un cariño digamos que suplementario.</p>
<p>Nieves Berrio: mi hermana, que viajó desde su instituto en Tudela, donde enseña gramática a los chicos malos de la ESO, expresamente para ver Ultravioleta, y nos reprochó que no hiciéramos ninguna mención a su persona en las imágenes familiares que Jean filmó en la casa de mi madre. La noche acabó a hostias y a ella le tocó en nuestro bando. Cuando los bares cerraron, bebimos hasta la madrugada en Zabaleta.</p>
<p>Karmele: La segunda de a bordo en el Ernest Lluch, alter ego de Mikel Iturria. Ella supo tener la paciencia de asistirnos y darnos paso aquí y allá con nuestras exigencias. Supo hacer la vista gorda si vió alguna cerveza derramada por el suelo en las pruebas o algún farias apagado y abandonado en una esquina. Distribuyó la plaquette en la entrada. Se ocupó del papeleo. Nos dio bocadillos fríos de anchoa y mayonesa al término.</p>
<p>Mikel Iturria: El promotor de todo esto, incluso indirectamente, de las desavenencias familiares. Gracias por confiarnos la oportunidad y el dinero.</p>
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