1971 en Libertad-8.

Jueves, 5 de mayo de 2011.

Despierto a buena hora traspasado suavemente por el trajín de la calle. La habitación es amplia e inmaculada. Si no fuera por las dimensiones del lecho casi se diría que monacal en su blanca sobriedad.

Tras las persianas el día luce espléndido sobre Madrid con su clásico cielo transparente. Tengo toda la mañana para mí y sólo una obligación mínima: Encontrarme en algún sitio con mi agente para recoger la guitarra española con la que tocaré esta noche.

Ya desayunando me he encontrado algo fatigado, en baja forma. Una ligera jaqueca a pesar de haberme acostado más o menos sereno y haber dormido más de siete horas. Temo una vez más que me haya entrado el síndrome de Madrid. Y efectivamente: Quizá la contaminación, o la sequedad del aire, o el factor psicosomático, quién sabe. Lo único evidente es que noto los síntomas de una mini-gripe en ciernes.

En el corazón de este plácido barrio de Chamberí, en la plaza de Olavide, he buscado una farmacia donde poder comprar maniáticamente aspirinas genéricas y Rinomar. Algo que no me puede faltar nunca en cuanto dejo atrás los verdes valles de mi Guipúzcoa. Haciendo la cola de la botica he contemplado una escena realmente interesante en términos sociológicos entre las tres farmacéuticas y otras tantas señoras achacosas de la tercera edad. ¡Y qué simpatía a raudales, con cuánto cariño se trata aquí a la gente! ¡Qué pueblo tan admirable el madrileño!

Mi cita con Sergio se fija en la calle Sevilla, en pleno centro de la ciudad. Buscando el hotel Asturias he recordado de pronto que hace 25 años yo estuve en ese hotel con Shanti Ugarte. No fue en la gira del Donosti-Sound, porque entonces nos alojamos en el hostal Trevinka, donde conocían a Ugarte…

¿Sería en algún viaje posterior, cuando intentaba vender nuestro primer disco a la Wea? No recuerdo las circunstancias pero estoy seguro de que era este preciso hotel. Tengo que consultar, me digo, con José Manuel Puerto, que tiene mejor memoria que yo.

En la recepción he preguntado por mi agente y el nombre que pronuncio ha sido oído por dos personas que en ese momento cruzaban el hall del hotel con sus guitarras al hombro. Con un acento marcadamente gallego me confirman que Sergio está a punto de bajar. Son dos de los músicos de Luar na Lubre sospecho.

Por las barbas y medias melenas que lucen no se puede negar que desmientan los modos de la “folk-music”. Y hacen bien. Al fin y al cabo ellos son más verídicos que nosotros, los hijos del rock, copiando siempre a los “negritos de los Estados Unidos” como dice Plá en un libro suyo de los años 50 que estoy leyendo estos días.

Aunque compartimos agencia de management, ellos, obviamente, no me conocen de nada y yo mismo tengo que hacer mi propia introducción. En estos casos echo de menos no llevar encima una tarjeta comercial impresa.

-Rafael Berrio, encantado. Toco esta noche en un café de Chueca y Sergio tuvo la amabilidad de traerme la guitarra desde San Sebastián. Vengo a buscarla.       -Y continúo para romper el hielo:

-¿Vosotros seréis Luar na lubre, verdad? Ya sé que tenéis bolo también esta noche en La Vaguada…

-¿Y cómo lo has sabido? -me responde suavemente uno de ellos.

La intentona de comunicación resulta un callejón estrecho así que decido retirarme discretamente y esperar en un rincón del foyer.

Finalmente baja nuestro común factótum sonriendo despreocupadamente como de costumbre. Apenas toca el suelo con los pies y parece que flotara andando. Luce estrafalariamente una chapa de Bob Esponja en la cazadora y la camiseta se le sale revuelta por entre el jersey. Tan corto éste, o tan bajo el pantalón, que se le adivina la goma estampada del calzoncillo en la cintura. Genio y figura, y así siempre.

De nuevo en Chamberí, con la guitarra ya en mi poder, me dispongo a comer en una taberna familiar muy próxima a la casa donde estoy alojado y que ya conozco bien de otras veces.

La tabernita es muy estrecha, con una alta barra de madera oscurecida por los años. A lo largo de la pared contraria hay tres mesas muy chicas forradas con un hule algo fatigado, con dibujos de grandes amebas color ocre. En lo alto, por encima de la puerta, se alza un televisor que ya ha perdido su nitidez. Nada del otro mundo. España pura.

El marido atiende la barra. Su señora sale y entra de la diminuta cocina con los platos. Solo estamos los tres y yo soy el único cliente, el centro de las atenciones. Por ocho euros el menú del día no se puede pedir más.

Eso sí, me doy cuenta que al parroquiano que entra más tarde, cuando yo casi estoy a punto de levantar la mesa, le han enumerado varios platos primeros, mientras que a mí me han engatusado obligándome a comer la ensalada campera sin otra opción como entrada.

De cualquier manera no estaba nada mal aliñada, con su tomate fresco, su atún y sus judías blancas.

-¡Cóbrese cuando pueda, jefe!

Reuniendo montañitas de migas de pan mientras espero a que me traigan los cambios oigo distraidamente en el telediario las diversas reacciones al fallo del Constitucional acerca de Bildu, o de Sortu, y de sus consecuencias negativas, según declara Esperanza Aguirre. Estando como estoy en Madrid me alegra ver a alguien tan local y tan del paisaje como es Esperanza Aguirre.

Si hubieran mostrado por la tele: “Rehabilitación de la Plaza de Neptuno”, o bien, “Cortado el acceso a la M30”, me hubiera alegrado lo mismo, haciéndome la ficción de ser un madrileño más.

Cruzo la calle a paso ligero en dirección al apartamento, tentado de echar a correr, con el fin de que no se me pase la somnolencia que de forma automática me entra a estas horas de la siesta. Es cuestión de 25 minutos.

No estoy muy seguro pero creo que he descabezado un sueñecito con éxito. Es algo fuera de lo común en un día de concierto y estoy contento por ello. Tengo varias horas por delante para preparar el repertorio y todos los rituales neuróticos que han de efectuarse antes de salir hacia el escenario.

En la gran mesa de trabajo de esta casa despliego los folios con las letras de las canciones fotocopiadas a doble cuartilla, esto es, tamaño A3 apaisada.

Primero reviso el tono de las canciones para evitar que se repitan en dos consecutivas. No se puede acabar una canción en Mi y empezar la siguiente en… Mi. Es imperdonable y además sería estúpido.

Recorto 15 papelitos en donde escribo el título de una canción en cada uno de ellos. Luego los voy combinando sobre la mesa pensando en un orden. Primera, segunda… Vuelvo a empezar.

Realmente me doy cuenta que es una tontería y una manera de matar este tiempo crítico.

Cuando tengo claro el orden voy colocando los folios como si de un cuaderno se tratara, encolando con Prit removible el dorso de las hojas entre sí. Cualquiera que me viera podría pensar que soy un repetidor de octavo de EGB, ya bien talludito, haciendo su examen final de trabajos manuales.

Saco las cejillas. Llevo siempre dos por si ocurriera que pierdo una de ellas, lo cual jamás ocurre. Me asalta la duda si en tal canción o tal otra debo colocar la cejilla o por el contrario el tono es natural. Me tranquilizo pensando y comprobando que en realidad lo tengo escrito en cada una de ellas . Aquí está, bien grande: “Cejilla en 2”, o bien: “Cejilla en Fa Sost”, o bien: “Natural”. Está escrito con rotulador rojo en el margen izquierdo de cada hoja.

Compruebo que las pilas del afinador y del pequeño previo de la guitarra estén en marcha. Vuelvo a afinar la guitarra mientras pienso angustiosamente que acaso voy a fallar en el cambio, o en la parte B de tal canción y entonces ensayo esa parte tan deliberadamente que el fallo es imposible.

Después del tercer té, me acuerdo de mi camisa negra de seda. La saco de la bolsa de viaje y ya comprendo que su estado es lamentable. Busco la plancha por la casa.

Plancho la camisa. Sólo la parte que se ve porque planchar es una labor endiablada. Es una vergüenza que no haya conseguido a mis años tener un asistente, un secretario cuando menos para estos casos. ¿No lo tiene acaso… Julio Iglesias? ¿Se plancha él mismo las camisas? Lo dudo mucho.

Vuelvo corriendo a la guitarra para asegurarme de que me acuerdo de una introducción o de cualquier otra cosa nimia.

Necesito un trago y no quisiera empezar a beber tan pronto, que luego ya se sabe. De nuevo me aspiro a golpes secos dos o tres rociadas de Rinomar como consolándome. No coloca nada pero al menos me hace recordar los revolcones entre las olas de la Zurriola cuando era un niño.

Despliego la lamparilla doble de atril que ha de alumbrarme el cuaderno de letras. Muchas veces lo he pasado mal quedándome a oscuras en un concierto y eso me hace sudar en sueños. Me aseguro que esté bien de pilas y que iluminen bien las cuatro lamparillas que tiene. Vuelvo a guardarla. Así se me pasan las horas.

La tarde va cayendo. La hora se acerca y el corazón me da un vuelco de vez en cuando. Veo por el balcón pasar un ciudadano cualquiera y sin quererlo siento una sensación de envidia. ¿Por qué no seré yo ése señor que camina tan tranquilo, quizá en dirección a su casa, o al café de costumbre?¿Por qué me habré metido yo en este lío del entretenimiento y el espectáculo? ¿No podría ser yo un hombre corriente y moliente sin pretensiones de visibilidad como aquél?

Mentalmente voy premeditando el taxi que he de tomar, si tendré cambios o sólo un billete; la llegada al escenario, lo que pediré para beber… Sin duda un vaso de whisky con agua… no, mejor un vaso de vino de Oporto, es más sofisticado. Me vuelvo a tumbar un rato en la cama, agotado de los nervios. Retomo el libro de Plá que estaba leyendo y el pensamiento se me escurre entre las líneas. Cierro los ojos. Pienso en el público que tendré hoy. ¿30?, ¿40 personas?

No quiero ni pensar lo que debe suponer salir ante un auditorio de miles. ¡Miles de personas! ¡Qué horror! Aunque… bien pensado, acaso venga a ser lo mismo, no lo sé. Ojalá no lo sepa nunca.