Cómo iba yo a saber, o las desventuras de ser actor.


Y todo ello por mi culpa. Se me ocurrió proponerle a la Monge un videoclip para mi álbum. Me pilló de buen humor, distendidamente, acodado en una barra, claro. ¿Querrías hacer un videoclip para ilustrar alguna canción del nuevo álbum que voy a editar en noviembre?

La Monge le pega a todo. Es poeta, compone y canta, hace audiovisuales vanguardistas, fotografías, collage; hace, incluso, deporte… Ella eligió la canción “Cómo iba yo a saber”. Yo le dí el visto bueno sin saber en dónde me metía. Distendidamente… con el vaso en la mano…

Pasó un tiempo. Recuerdo el primer encuentro al que me citó, mantenido en el café Gora-Bera, y reconozco que la Monge me abrumó aquella mañana. Llegó como quien va a dictar una cátedra. Con esa resolución femenina tan clásica. Dispuso sobre la mesa un rimero de folios sueltos con anotaciones y me los hizo inspeccionar detenidamente mientras hacía sus comentarios de texto. Colocó encima unos cuadernos con dibujos a modo de cómic con la historia del videoclip ( los cineastas le dan un nombre a esto, ya lo sé) y encima de todo ello cartulinas con diagramas llenos de flechas y acotaciones por encima de las cuales ella volvía a trazar líneas y círculos mientras seguía con su exposición magistral imparable. Allí no había quien posara la taza de café. Debió parecerle poca cosa porque al rato sacó de su bolso una computadora Macintosh y una cámara digital, desplegó todo aquello sobre los papeles y buscó un enchufe en torno a nuestra mesa. Los clientes miraban, (es una ciudad de provincias: no hay costumbre). Con mucho detalle me explicó el guión y las correspondencias alegóricas con la letra de la canción. Yo tenía vacío el estómago y algo de resaca. Hubiera deseado una reunión más liviana y un guión más simple, pero no tuve suerte. La Monge estaba considerando más o menos en serio una canción que es completamente cínica, una canción que es una humorada. Yo no dije nada, primero porque sé que la Monge tiene un criterio y una inteligencia muy sólida y, segundo, porque la opinión del autor es siempre la menos interesante (sin ironía).

Las primeras tomas del rodaje se harían en un barco velero que nos prestarían unos amigos comunes a ambos. La Monge me explicaba, yo resumo: Mi personaje es un lobo estepario que odia la humanidad y sólo cree en la literatura. Este personaje es un encamado, como Onetti. (Ahí empecé a frotarme las manos de gusto) Se pasa todo el día en pijama y vive en un barco velero anclado en mitad de alguna bahía o acaso en alta mar. No se sabe dónde hace la compra ni de qué vive…

No me pareció ninguna mala idea. Incluso la ví simpática y me identifiqué sobremanera con ella. Yo mismo he vivido 5 años en una roulotte felizmente. No hay comparación pero era, casi, casi, hacer un cameo de mi pasado. Nada difícil. Al despedirnos quedamos citados en el Muelle donostiarra (es decir, en el puerto) unos días más tarde, de buena mañana, para aprovechar la luz.


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El velero, recuerdo, estaba amarrado en el extremo del Muelle. Era un barco de competición de pequeño tamaño dotado de un diminuto vivac en el interior. Junto a él se mecía el enorme catamarán “Ciudad de San Sebastián” haciéndonos sombra. Era ya mediodía cuando llegamos. Recuerdo que el candado que guardaba la escotilla se negaba a ceder. Estuvimos hablando de los estragos del salitre mientras la Monge manipulaba la llave. Finalmente logramos entrar al cubículo. Asombra ver lo aprovechado que está cada centímetro cuadrado. Paneles de control, cocina, sala de estar, letrina, literas de noche… un espacio tan deliciosamente íntimo y tan conveniente o tan conforme a lo necesario para la vida que dan ganas de instalarse allí in aeternum como una crisálida remisa al mundo.

Siguiendo instrucciones de la Monge mi trabajo consistía en quitarme la ropa y vestirme con ropa interior a la moda de 1911. Esto es: unos calzoncillos blancos de pata larga hasta los tobillos a juego con una camiseta interior de la marca Ocean. Por encima de todo ello una vieja gabardina de terlenka gris “El Búfalo” modelo “exhibicionista”. Los pies descalzos y el pelo revuelto de quien ha dormido mucho. La Monge empezó a filmar allí dentro con una cámara de video doméstica. Yo fingía dormir envuelto en un saco con ese calzón largo; fingía despertarme y mirar el cielo por la escotilla. Fingía tomar café y consultar bostezando un mapa de navegación de la costa de Cádiz. Cosas por el estilo. A continuación debería salir por la puertita de escotilla hacia la cubierta. En cubierta debía fingir que me solazaba con el aire puro, que que me agarraba de las cuerdas haciendo volatines, arrobado como estaba en la ficción por el amor recién descubierto, tal y como la canción cuenta. Los paseantes empezaron a pararse. Poco a poco los curiosos se fueron agolpando en lo alto del muelle. Incluso los ciclistas. Ellos veían desde arriba a un gachó en paños menores (el dueño del velero, sin duda), con la gabardina de los indecentes, abrazado a los mástiles y columpiándose en los tensos cables de las velas, con los ojos en blanco y haciendo giros inaceptablemente empalagosos para tomar impulso y pasarse a la cuerda de al lado, y que recorría de proa a popa “su” barco de esa manera tan chocante. Una vez y otra tuve que repetir estas escenas mientra intentaba armarme de valor e indiferencia.

Fui el hazmerreír de los paseantes aquella mañana de octubre.

Seguro estoy que apenas reparaban en la Monge, que discretamente, y vestida como dios manda, filmaba desde un ángulo apartado del pantalán escena tan estrambótica y tan bochornosa para mí.

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Otro día hicimos una cita en mi casa para filmar en las estanterías de la biblioteca que tengo. Compré este mueble en Ikea hace dos años, aunque bien es verdad que no me caben ni mucho menos todos los librotes que tengo. Si algún día se me echa la parca encima sólo podré enorgullecerme de este legado que he ido juntando poco a poco… e inútilmente, por cierto, porque tarde o temprano, y comoquiera que muchos de estos libros son de lance, les invadirá el moho y la roña que ya crían y se harán ilegibles.

Pues bien, la Monge quería hacer una escena de éxtasis frente a los libros. Se supone que el personaje los tiene en su barco y los ama profundamente, y que en un acto de delicadeza restrega sus lágrimas contra el lomo de los volúmenes. Con sus brazos escala los anaqueles. Babea frente a Pessoa, frente a Ciorán. Abre y cierra morosamente episodios nacionales, árboles de la ciencia, estudiantes torless, madames bovaries… Extrae de entre las páginas las hojas y flores secas que un día depositó en ellas y las vuelve a colocar cuidadosamente, con una doliente sonrisa de reminiscencia… No es mala idea en principio. Me gustaba. Nunca ponderaremos lo suficiente el amor por la literatura. Al fin y al cabo este videoclip era un experimento no comercial y podíamos permitirnos ese lujo ya que así lo sentimos.

Aquella tarde hice lo que buenamente pude, teniendo en cuenta que soy un actor de tres al cuarto que enfrenta un papel insólito, pues la escena del éxtasis frente a la biblioteca es, psicológicamente hablando, de un comportamiento estrafalario e ilógico, y no hay modelos a seguir que yo pudiera copiar en tal actitud.

En esta sesión no hubo grandes anécdotas, excepto el desagrado de tener que ponerme otra vez la ropilla de los tiempos de mi abuelo, con lo mal que sientan esas perneras quijotescas tan estrechas, tan ridiculamente ajustadas al tobillo, en contraste con la bragueta, donde, por razón de la mala hechura, se marcan de manera tan grotesca las partes pudendas, digamos. Yo, que soy un escuchimizado que apenas peso 59 kilos, que soy el espíritu de la golosina en persona, la verdad, no me hacía mucha gracia filmar para la posteridad de ese modo y manera.

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La tercera sesión para el videoclip fue ejecutada tras una espantada unas semanas atrás. La sesión fallida fue como sigue: La Monge me seguía poniendo al cabo de su guión. Yo era, como he dicho, un lobo de mar misantrópico que vivía en un barco, sin comunidad de vecinos, muy lejos de cualquier supermercado y de cualquier oficina bancaria. Entonces llega el amor por ciencia infusa. El amor se hace presente y yo salgo a su encuentro. Está claro que para el “rendez-vous” debería atravesar un mar salado que hubiera podido ser el Cantabrico. No quedaba más remedio que filmar una escena en donde emerjo del agua entre las olas hacia la playa, en su busca. Supuestamente en la orilla estaba esperando mi bello amor, pero eso se sobrentiende. Yo le pregunté tímidamente a La Monge si debía emerger con el mismo calzoncillo y la misma camiseta. Ni que decir tiene que la respuesta fue, sino exacta, de la familia del “sí, por cierto”.

Koan, en calidad de asistente, me acompañó a la playa una mañana soleada de octubre. La Monge ya estaba por el paseo del malecón vestida con un neopreno surfista haciendo pruebas de luz. Era, recuerdo, un odioso domingo en el que se celebraba el undécimo campeonado de surf del principio del otoño. No me extraña que Poch detestara a los surfistas. Yo no los soporto tampoco, aunque es verdad que salvan a muchos ahogados. Los altavoces gigantes escupían reggae, el aire traía olor a marihuana y los muchachos estallaban displicentes sus patinetes en el suelo del paseo. Banderines publicitarios ondeaban en cadeneta por todos lados con sus logotipos tan manidos. La megafonía de la organización atronaba con no sé qué locutor que hablaba de la segunda manga y de las puntuaciones; de los txapeldunes y los clasificados. Los deportistas son seres de otro mundo. Yo no sé hasta qué punto esto del deporte competitivo es sano.

Koan tiró de mí hasta la playa. Yo juraba en sánscrito contra todo bicho viviente. Lanzaba miradas fulminantes a norte, sur, este y oeste. Hacía un sol insidioso, molesto, rasante, muy típico del horrible mes de octubre, un mes insufrible en el calendario, el más desconsolador del año para mi gusto.

La Monge se adentró con su cámara cerca de las rocas, del lado de la esquina del mar, donde pretendíamos filmar mi surgimiento marino. Cuando estuvo casi perdida entre las olas, recortada en el horizonte, me hizo señas que entendí significaban “se rueda”.

Llegó el momento de desprenderme del pantalón y la camisa, ponerme la vieja gabardina y empezar a dar pasos hacia las barbas de la orilla. Koan se quedó al cuidado de todo sentada en una roca, divirtiéndose realmente de la situación.

Intenté adentrarme con toda mi alma dando grandes zancadas. No me concentraba porque la música y el bulle-bulle del campeonato llegaba hasta nosotros a rachas de viento. Cada vez veía más lejos la orilla verdadera, más allá de la arena encharcada que la precedía. La resaca era traicionera, muy engañosa. Yo soy muy cobarde a veces. Pasaron varios perros de ída y vuelta corriendo en círculos y salpicando agua. Sus amos no estaban lejos tampoco. Silbaban y el aire traía los sonidos.. No sabía si me silbaban a mí o a sus perros. Identifiqué a varios de ellos porque conozco a casi todos. Una señora con la cual tengo un trato diario muy cordial por razón de la amistad de nuestros respectivos perros se me quedó mirando aprensiva. La Monge me gritaba a su vez instrucciones desde la lejanía. En lo alto del malecón una multitud de domingueros que seguían las pruebas surfistas miraban de paso al fulano que se metía con gabardina y calzones blancos entre las olas. Recibí por megafonía un aviso de la organización del campeonato referente a las zonas acotadas y los accesos permitidos. La Monge estaba metida hasta la cintura con su traje de neopreno. Ella era, pensé, exactamente igual que un surfista cualquiera que estuviera tomando vistas de las olas o compitiendo. Pero yo ni siquiera había llegado a mojarme más allá de las pantorrillas, tan baja como estaba la marea, y sin embargo me era muy dificultoso caminar hacia adelante sin lanzarme a nado a causa de las corrientes de esa zona del rompiente. Me imaginé a mí mismo desde lejos, tal y como me verían desde el paseo del mar. Pensé que mis perneras blancas de algodón refulgirían entre el rebaño de surfistas color ala de mosca…

Todo estaba en mi contra. Decidí abandonar, lo reconozco. Hice unas señales evidentes con los brazos y regresé a la playa, hacia la arena seca y las escaleras. Tan acostumbrado como estaba al calzón ni siquiera pensé en ponerme los pantalones para cruzar la avenida hasta el portal de mi casa.

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Lo volvimos a intentar una o dos semanas después. La Monge me apuró porque decía que el mar iba perdiendo temperatura a esas alturas de octubre. Decía que en muy poco tiempo vendrían los temporales y que había que darse prisa.

Fue una mañana de un día laborable cualquiera. Hacía ya frío. Bajé con toda la pereza del mundo al Kursaal. La Monge (nuevamente vestida de neopreno) y una amiga suya a la que yo no conocía de nada estaban esperándome por las inmediaciones. Haciendo memoria calculé que hacía unos 28 años de la última vez que me había bañado en el mar, desde que lo dejé de hacer al final de la adolescencia. Hice por sobreponerme. Por sacar entereza de ánimo. Bajamos a la playa – esta vez semidesierta -, y rápidamente me puse mi ropa de “trabajo”. La amiga de La Monge extendió toallas en la arena. Muerto de frío me fui adentrando. Rompían unas olas desmedradas, unas olas confusas, deformes. La gabardina se me iba empapando y cogiendo lastre. El algodón de las perneras se me pegaba como un engrudo a los tobillos y a las pantorrillas dejándome como un animal desplumado. Yo seguía adelante con estoicismo, deseando acabar con esa escena de una vez por todas.

Ir hacia adelante no era muy difícil. Uno puede prever las olas y hacerles frente dando ligeros saltos, calculando el paso, etc. Pero la escena debía ser fimada “al contrario”. Yo, en realidad, debía “salir”, debía emerger hacia la orilla, desde el interior del mar. Por lo tanto debía ponerme de espaldas a las olas, una vez que estuviera suficientemente adentro.

Repetí la escena unas 6 ó 7 veces a las órdenes de La Monge. Me adentraba hasta la altura del pecho, me daba la vuelta y caminaba (es un decir) hacia la orilla. En ese trance las olas me golpeaban a traición sin que yo pudiera advertir en qué momento de su evolución iban a chocar contra mí. No tengo ojos en la nuca. Si me sobrepasaban aún sin deshacerse en espuma, todo iba bien. Si por el contrario me rompían en la espalda, logicamente me derribaban sin remisión. De vez en cuando venían encadenadas en grupos de tres o cuatro y luego un breve momento de calma, apenas suficiente para reponerse de la inmersión forzosa y de la enorme fuerza de resaca subsiguiente que me quemaba los tobillos. Y sin embargo yo no debía perder la compostura ni la posición vertical. La Monge me gritaba desde su tabla de surf que no dejara de parecer feliz. Que mi bello amor me esperaba en la arena, que me solazara con la espuma del agua, etc, etc.

Salí de aquello con un frío intenso pegado a los huesos, con las mandíbulas rígidas y los ojos como llagas rojas. No tenía noción de mis pies, ni me circulaba la sangre por las yemas de los dedos. Me desnudé tiritando bajo el cielo plomizo y casi con sensación de euforia me puse el albornoz seco que guardaba la amiga de la Monge. Esta señorita guapa y desconocida me felicitaba efusivamente por el cuajo -según ella- que había demostrado haciendo de Neptuno. Otra cosa me hubiera complacido más en aquel momento que no el aplauso, pues a decir verdad, por una taza de earl grey calentito entre las manos hubiera dado yo una fortuna. Menos que eso no se les da a los ahogados.

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La Monge me explicó por mail que lo que habíamos filmado hasta entonces era mi vida como personaje durante su etapa troglodita, o misantrópica (velero, biblioteca, mar) , y que ahora tocaba afrontar la parte de “el encuentro” del que habla la canción “Cómo iba yo a saber”.

Quedamos citados para ello en el centro de Madrid una mañana de sábado del mes de noviembre. Yo me preguntaba si no se podía haber hecho esto en San Sebastián sin ir más lejos, pero al parecer había razones de más peso que mis propias perplejidades.

Muy cerca de la Gran Vía nos encontramos en la calle señalada, bajo unos árboles de Judas algo raquíticos que formaban hilera en el bordillo de la acera. Era el mediodía de un día muy azul y muy puro pero extremadamente frío, tal y como estaba siendo todo el otoño de 2010. Con La Monge venía a su lado la joven actriz que encarnaba el papel de partenaire de mi personaje y otra señorita que me fue presentada como estilista y maquilladora. La Monge traía unas ligeras escarificaciones en sus mejillas fruto de una complicación dérmica que había sufrido hacía semanas. Yo intenté enmascarar mi timidez de colegial explicando tonterías: por ejemplo, que las mujeres de la etnia Fang de Guinea se hacen las escarificaciones a posta para desafiar las infecciones cuando niñas, y después intenté contarles cómo es una boda Fang tal y como yo las había visto como invitado honorífico. Mientras hablaba a tontas y a locas fui consciente, en segundo término, de la terrible belleza y juventud de la actriz allí presente. Reconozco que me trastornó. Entristecí de repente. Un montón de ideas melancólicas se me cruzaron por la mente en aquel instante y estuve a punto de fingir un desmayo o cualquier otra cosa que me imposibilitara filmar las sesiones de aquella mañana. Tal es el prestigio que tienen las mujeres en mi fuero interno. Los tímidos, los vergonzosos y los tontos sentimentales me entenderán.

Entramos todos en un portal con patio de cochera. En el piso alto nos abrió la puerta un varón de mediana edad con un aspecto cosmopolita y desenvuelto parecido al que pueda tener un arquitecto o un diseñador italiano, por poner un ejemplo. El piso era magnífico, muy amplio y decorado con un gusto burgués de buena ley. Yo no sabía realmente porqué estábamos allí ni a quién pertenecía eso. La Monge no parecía muy comunicativa al respecto y se reservaba ante mis miradas de interrogación.

La Celaya, que así se apellidaba la actriz, se sentó en una silla y entre bromas y veras se dejó peinar y acicalar por Susana, que así se llamaba la maquilladora. Yo estaba preocupado buscando un balcón y un cenicero donde dar una chupada a mi habano. En el fondo Freud diría que estaba buscando un sitio, un camino, por donde escapar ventana abajo.

La Monge me pidió que me fuera desvistiendo y colocándome el calzón largo y la camiseta de marras. Cuando salí del vestidor ni La Celaya ni Susana pudieron reprimir una explosión de risa al verme cruzar por delante. La sesión empezaba a ser divertida porque estas dos mujeres eran, además de hermosas, absolutamente encantadoras y joviales. La joven actriz poseía una delicada naturaleza atlántica, de índole dulce y sosegada, algo así como un ángel benévolo entre la bruma. Susana, la estilista, era algo más racial, con un carácter que se adivinaba más intrincado y tal vez más vigoroso.

La primera escena que filmamos transcurría en una cama pero con las sábanas sin deshacer. Aquí nos ofrecíamos uno al otro, de unos tazones que sujetábamos en el regazo, cucharadas de leche mutuamente. Era, cómo decirlo, un argumento tan casto, tan cándido, que a mí se me antojaba de una erótica irresistible, aunque, he de confesarlo, algo (bastante) sonrojante. Poco a poco La Celaya iba tomando la iniciativa con decisión y desparpajo, manejándome a su manera, demostrando que realmente se trataba de una profesional de la interpretación. Pensé que quizá no fuera tan suave y aterciopelada como la supuse en un principio y que sin duda había de poseer un fuerte carácter; un mar de fondo cuya condición se hacía indispensable para estar donde ella estaba en ese mundo tan feroz de la cinematografía.

Para la segunda escena, la Monge, en su papel de realizadora, me tenía reservada una sorpresa de gran efecto que ponía ante mí una prueba de fuego difícil de superar. Dicho más sencillamente, yo tenía que aparecer ante la cámara más como “Rafaela” que como Rafael, y al mismo tiempo la Celaya perdería su femenino por un artificio de masculinidad. Susana tuvo que ponerse manos a la obra con sus variopintos aparatos de cosmética y travestir a uno y a otro, cada uno a su sexo opuesto, se entiende. Yo recibí con mano magistral un cúmulo de laca en el pelo, rimmel y sombra de ojos, pinceladas de rojo pintalabios y otras cosas deliciosas y prohibidas que ahora no recuerdo. Cuando Susana terminó conmigo me acercó un espejo de mano para que admirase el resultado. Aún tengo metido en el cuerpo el horror que me causó mi propia visión, la angustia momentánea del cerebro que no reconoce lo que ve, la enajenación mareante por unas décimas de segundo, el estupor, la vergüenza. Por primera vez en mi vida me dí cuenta que mis ojos son “verdaderamente” de color verdoso y ello es sin duda (recuerdo que pensé) un efecto de contraste causado por el contorno negro del rimmel. Tuve que volver a sentarme en la silla.

La Celaya, por su parte, se repeinó a la moda de los años 30, se le pintó un fino bigote como de halterófilo de circo, y se vistió con un traje de chaqueta y pantalón blanco muy favorecedor, mientras que yo seguía con mi ridícula vestimenta y, aún peor, calzado incongruentemente con mis rudas botas Chelsey, único par que había llevado a Madrid.

La escena transcurría en la biblioteca de la casa. Yo ya no me interesaba tanto en los libros como en mi bello amor. Por ello abandonaba “El desasosiego” de Fernando Pessoa por la persona que me desasosegaba, pues tal era en esos momentos La Celaya, en la ficción y en carne y hueso.

La tercera escena transcurría en la azotea de la casa. Hacía un frío atroz. Aquí yo debía abrigar a mi partenaire con la gabardina. Mi camiseta se convertía de pronto en una camisa blanca bordada de anchos volantes y cuello angelical de hopalanda. Yo estaba tumbado en el suelo, mirando al cielo. No alcancé a entender qué hacía mi personaje en el suelo de una azotea, pero así era. La Celaya venía hacia mí, me abría la gabardina y se tumbaba a mi lado sin decir palabra. Acto seguido rodaba sobre sí misma y se arrebujaba en ella. Había tal feminidad en sus actos que yo no sentía tanto el frío como una vaga corriente íntima próxima al placer a pesar de todo. Yo completaba la escena arropándola por el otro flanco.

La Monge ordenaba que llegado ese momento nos miráramos a los ojos. Francamente, ser actor debe ser una cosa durísima. O quizá porque yo no lo soy no fui capaz de hacerlo más allá de un brevísimo instante sin violentarme, o lo que es peor, violentar a quien me miraba. Como diría un cursi, yo lo intentaba y naufragaba en sus ojos oceánicos, tan verdes (o quizá turquesas), tan próximos a los míos. ¡Ah!, La Celaya… Algo muy difícil de explicar y sin embargo fácil de entender si pensamos que se trataba de una persona extraña o desconocida solo dos horas antes.

El dueño de la casa vino a despedirse de nosotros a la azotea. (Yo intentaba pasar con toda naturalidad el hecho de estar pintarrajeado y vestido como “sabía” que estaba). Este señor nos dijo que estaba obligado a ausentarse y a cerrar la casa en ese momento, de modo que ni siquiera podíamos desmaquillarnos y vestirnos cuando termináramos las escenas.

Lo cierto es que Madrid es una ciudad maravillosa, tanto más para un provinciano como yo venido de esta bobalicona ciudad del norte: Cuando llegó el atardecer y el rodaje tocó a su fin (gracias al cielo), resolvimos los cuatro, la Celaya y yo aún travestidos, llenos de potingue, medio desnudos y con falsos bigotes, ir a cenar merecidamente a cualquier restaurante próximo. No exagero si digo que nadie en absoluto pareció reparar en nosotros ni a quien le importara un comino nuestro aspecto mientras caminábamos calle abajo, ocupábamos la mesa del restaurante elegido y pedíamos el vino para dar comienzo a nuestra alegre (agridulce) velada de despedida antes de pasar por los tocadores y volver a nuestro ser.