Los hechos de Segovia.

Septiembre 2007.

acueducto_segoviaMe llaman de la AIE para proponerme un concierto en Segovia. Entiendo que la obra social y cultural de Caja Segovia organiza un mini festival que ellos denominan “otras músicas” y para ello piden grupos que han participado en ediciones anteriores de “Artistas en Ruta”. (Me pregunto qué pinta una caja de ahorros organizando eventos rock. Abriendo sus salones para que entren las huestes contraculturales). Después de saber la cifra que se nos pagará he accedido a dar el concierto, no obstante las incongruencias. Pelillos a la mar.

He llamado a Yone para que toque conmigo, quizá por última vez en esta gira. He llamado a mi base rítmica para que organizen sus agendas.

5 de octubre de 2007. Viernes.

Gema nos lleva en la Peugeot J5. Igor y Toni viajan en el asiento posterior. Mi perro Lento junto a la carga de amplificadores. Si viniera un ladrón es seguro que Lento no se molestaría en dar un solo ladrido. En realidad jamás le hemos oído ladrar, mucho menos maullar o emitir cualquier otro sonido.

El trasto que conduce valientemente Gema hace entrada en Segovia un par de horas más tarde de lo previsto, y es natural si pensamos que alcanza apenas los 90 km por hora, y ello rezando todos a una.
En un recodo del laberinto urbano aparece nuestra Yone, que ha venido por su cuenta en su propio coche.

Son las 18:00 horas. Apenas tres horas para instalarnos en el hostal Hidalgo, hacer la prueba de sonido y comenzar el concierto.

La calle Carmen es un paso estrecho que parte de la misma plaza del famoso Acueducto. Una calle con aspecto de parte de atrás de “algo”. La sede de caja Segovia ocupa el edificio entero de la manzana y allí se encuentra el salón de actos donde tocaremos esta noche. Ha sido realmente difícil encontrar el sitio en el dédalo segoviano y colocar la furgoneta en el muelle de carga, frente a la puerta principal de la sala. Hasta tal punto, que para llegar a Carmen…  hemos tenido que -literalmente- cir-cun-va-lar la ciudad entera guiados por Rubén, el técnico de sonido. Un capricho del tráfico rodado, teniendo en cuenta que nuestro punto de partida se situaba apenas dos manzanas más arriba.

La prueba de sonido transcurre sin incidentes. Yone está un poco de mal humor. No es fácil arrancarle una sonrisa.
Yo tengo la cabeza aturdida tras el viaje. Debo concentrarme mucho en cualquier cosa nimia como colocar las pilas al afinador o situar el pedal de distorsión en su sitio óptimo. Las cosas se me caen de las manos. Los calzoncillos me tiran de las sisas y no encuentro un sitio cómodo donde colocarme.

Tras la prueba de sonido tenemos el tiempo justo para tomar una cerveza y una tapa en un bodegón que hemos localizado junto a la sala.
Gema está con Lento dando vueltas a la calle. Nuestro amigo  Luis Boullosa, que ha venido desde Madrid para ver el concierto y de paso hacer turismo, se ha reunido con nosotros. Yone mantiene su postura displicente y prefiere quedarse al margen del grupo. Sospecho que la aburrimos, que se trata del famoso “abismo generacional”. ¡es tan joven… y nosotros, uy, tan viejos!

Me froto las manos para darme ánimos a mí mismo. Toni, que me conoce, tiembla ligeramente esperando órdenes. Igor me mira interrogándome desde el fondo de los vidrios de sus gafas.
No sé si tomarme un coñac doble o tomarme dos aspirinas y un vaso de agua. A ciencia cierta no sé qué me sentará mejor. En estas circunstancias siempre dudo y lo quiero todo. Como si en ello me fuera el último trago de mi vida.

Me vuelvo a frotar las manos, que, traducido, es como hacer de tripas corazón:
-Caballeros, ha llegado la hora de la verdad- Les digo a Igor y a Toni mientras pago la ronda.
-Yone, querida mía; guapísima: Cuando quieras vamos enfilando. Acuérdate que “Invisible” va con cejilla en 4. No subas mucho en el coro de “Yo te sufro”… Toni, acuérdate: das tú la entrada de “Bronca”… Bla, bla, bla.

21:15 h.

La sala tiene un aforo de 240 personas, pero yo calculo esta noche unas 30 ó 40, quizá algo más, qué sé yo.
Enfrento la mirada al tendido acariciando la guitarra. Me llaman la atención los grupos de señoras de la edad de mi madre. Señoras bien arregladas. Peinadas en peluquerías pasables. Señoras segovianas con vestidos conjuntados en blanco y negro. Algún grupo de jóvenes al fondo. Gema y nuestro amigo Luis Boullosa en el centro, fila 6. Alguna pareja esquinada.

Comienzo el concierto con “La,la,la”, del disco Amor a Traición. En los estribillos debo acordarme de pisar la distorsión sin que se desmadre demasiado el acople.
Hasta el momento todo va bien.

Cuando termina el tema, entre los aplausos, un grupo de señoras me anuncia a voz en grito, desde las butacas, que el volumen es excesivo:
-¿Hijo, no podéis bajar el volumen? ¡¡ Así no hay quien pueda apreciar la música !! ¿De verdad os hace falta tanto?
Yo he dicho algo, he balbuceado algo que no consigo recordar porque seguramente era una frase recurrente para salir del paso. Me he quedado perplejo, atónito. Desarmado por el timbre de voz de la ancianita.

He mirado al técnico porque, por un momento, he pensado que quizá tuvieran razón. En el fondo me caen bien las señoras de la edad de mi madre.

Del fondo oscuro de la sala, continuando el insólito diálogo, una voz masculina ha añadido:
-¡¡Pues a mí me gusta así. Al contrario: No hagáis ni caso, que suena muy bien!!

Veo que es un varón joven con actitud de echarnos una mano, quizá sintiendo un poco de vergüenza ajena del grupo de señoras ciudadanas.
Eso me ha devuelto alguna presencia de ánimo. Aún así oteo la sala con
recelo esperando más opiniones. De momento se hace el silencio.

Comienzo los acordes de “Melancolía” del disco Harresilanda. Noto que estoy cantando con cierto gamberrismo y rasgando la guitarra imprudentemente a riesgo de romper una cuerda. Doy rienda suelta a la distorsión en partes donde nunca la empleo.

Un matrimonio a mi derecha escucha la canción con las manos alzadas tapándose ostensiblemente los oídos. Sin embargo sonríen dulcemente. Es una mezcla de actitudes muy rara y ambigua, que me deja pensativo.

Con el último acorde de “Melancolía” se levanta un grupo llamativo de seis señoras a mi izquierda. Mientras suenan los aplausos cruzan el pasillo en mi dirección y salen taconeando por la puerta cercana al escenario sin prisa ninguna. Hay un revuelo de chaquetas de punto en el vano de la puerta de salida. Antes de cerrarse aún escucho el din-din de las joyas resonando en la calle.

Intercambiamos miradas de inteligencia entre Igor y Toni. Yone está ausente. No le importan las algaradas de este salón de actos.

Gema se está divirtiendo de lo lindo desde su butaca. A su lado veo que a Boullosa le brillan con malicia los ojos azules cabrones que tiene.

La pareja de las manos sobre las orejas deponen su postura y se añaden al aplauso.

Comienzo la tercera canción y las palmas de las manos vuelven de nuevo a los oídos. Otros grupos de señoras permanecen en sus butacas revolviéndose, quizá con apuro de abandonar la sala como aquéllas.
Me voy desconcentrando poco a poco, como una bola de nieve cuesta abajo, pero a la inversa.

He cantado 14 canciones más, incluído un bis que nunca toco: “Jaime Gil de Biedma en la cama”, improvisado a la remanguillé a petición del respetable “no sedicioso, no insurrecto”.

01:30 h.

Hemos pasado la noche admirando la ciudad, tomando unos vinos espléndidos en casa Cándido, haciendo fonda en un restorán sefardita y bebiendo unos combinados noctámbulos de ginebra en la bellísima Plaza Mayor. Nos hemos doblado de risa una y otra vez rememorando en distintas versiones “los hechos acontecidos en Segovia”.