CORDOBA Gig

jaen-olivares14 de junio (aprox.) de 2007

Yo sé muy bien que hay dos tipos de resaca: La resaca común y la resaca severa. Es interesante. En el primer caso uno siente cuando despierta que la cosa, aunque molesta y paralizante, será pasajera mal que bien. Requiere unos cuantos litros de té verde muy ligero, algo de acetil-salicílico (opcional) con que despejar el dolor alojado detrás del ojo, la promesa de una siesta tras una comida rica en ingredientes yang… incluso permite darle unas chupadas no más al pitillo sabiendo que al caer la tarde remitirá acaso con el revulsivo del primer sorbo de cerveza.
En el segundo caso, en la resaca severa, o resaca rigurosa, las cosas cambian. Aquí no valen los fármacos, ni las medidas paliativas. Lo primero y más sorprendente es que el dolor en la cuenca ocular no se manifiesta a pesar de que el cuerpo amanece sepultado bajo toneladas de escombro (¿?). Lo segundo, la conciencia: Sabemos que será imposible remontar y ya entonces todo queda en “suspenso” a merced de Cronos. Excepto esa conciencia, ningún órgano hará el menor movimiento o trabajo hasta nueva orden por la sencilla razón de que “adentro” no hay nadie que se lo proponga buenamente. Las pupilas, las cuerdas vocales, las articulaciones, el cerebro lógico, las tripas… Todo el organismo se encuentra replegado sobre sí mismo y así permanecerá durante largas y agónicas horas. Quizá incluso días. Es el embrutecimiento. Las personas se convierten en larvas. Si somos elegantes y sabemos sufrir, en crisálidas. Ahora ya hablamos de convalecencia en términos serios.

No quiero extenderme mucho. No quiero revivir este estado que recién he logrado superar. Gemma me ha traído un caldo de alcachofas, cebollas y miso. Será lo primero que tome en las últimas 30 horas. Más que nada para quitarme el sabor de la bilis inagotable y la baba. La cama está revuelta, con una humedad insana y caliente como de pantano. La almohada se ha vuelto de mármol blanco. A ratos siento los nervios erizados y tensos que suben desde las piernas hasta alcanzar la mandíbula. El frío y las tiritonas se vienen y van. Otras veces alcanzo una cierta paz que me permite seguir con vida apenas y entonces descabezo un sueño negro que me coloca en el limbo de la inopia hasta que me despierta de nuevo la náusea. Además de las olas de la Zurriola, oigo un cierto bullicio urbano afuera, o el eco de una radio, pero me es indiferente todo lo que no sean mis propias exequias. Como suele ser habitual tengo algún vago pensamiento erótico, y digo “habitual” porque ya he observado que este es un truco de distracción que practica el cerebro siempre que se encuentra en estado de mucho sufrimiento.

La memoria es atroz, sádica, morbosa, actúa con maldad, con delectación en la ceremonia del suplicio. ¡Ah, si! A ella le gusta hundir la hoja cortante y diseccionar a lo vivo, rajando sin piedad…
La memoria se busca a sí misma, necesita encontrarse, regresar por el mismo camino, volver al punto de partida obstinadamente. Cuando todo está entumecido, ella aún trabaja como si fuera una máquina tuneladora imparable hasta arrojar luz cegadora a las situaciones. ¿Y para qué? ¿Para qué querríamos saber?

Ha pasado un tiempo indeterminado, quizá tres o cuatro días, desde que regresé de Jaén. No sé porqué me viene esa imagen… desoladora del enorme aparcamiento de Garbera, ya en San Sebastián, donde dejamos el coche de alquiler y la despedida en plena noche entre Igor, Antonio y yo. Cada cual se fue a su casa. Yo tenía mi furgoneta cerca y conduje como pude hasta el barrio de Gros. Incluso tuve la suficiente entereza de ánimo como para colocar el ticket de la OTA en el parabrisas. Me ví reflejado con grandes ojeras violetas. El pantalón me bailaba en la cintura.
Gemma vino al poco para cuidarme al tiempo que me abroncaba por mi pulsión autodestructiva y bla, bla, bla… ella que es tan moderada en todo menos en la carcajada.
¿Y qué pasó hacia atrás? ¿Qué hay de las horas previas? ¿Qué ocurrió “realmente” en los conciertos de Córdoba y Jaén?
No puedo contarlo. No tengo fuerzas ni ganas. Es demasiado lioso.