DERIVA al TEATRE BARTRINA. REUS.

Domingo 22 de abril, 2007
15:00 h.

En ruta.

Precisamente le estaba diciendo a Igor: “Mucho cuidado porque estos son los famosos Monegros, el azote de los automovilistas. Aquí se quedan colgados montones de coches cada año, tío… El secreto es una falsa recta que en realidad es una pendiente cuesta arriba y un clima achicharrante, y bla, bla, bla.”. De pronto Igor –que era el que conducía- ha dado un brinco en el volante.
“¡¡No me responde, no sé qué pasa!!”. He pensado que era una broma. Después le he gritado:
¡Al arcén, al arcén, lánzate al arcén!”.

Y sí, aquí estamos, a la sombra de unos pinos, en los márgenes de la autopista, a la altura de Alfajarín y recién pasada Zaragoza, esperando a la grúa que parece que tarda un poco. A cien metros la Peugeot J5 con las tripas abiertas y humeando por la culata. Los tres tumbados en esta especie de talud alfombrado de agujas de pino secas y crujientes, yo con el chaleco fluorescente reglamentario, Igor y Toni a mi lado, en silencio, mirando el cielo azul entre las ramas. No sé porqué se me han ocurrido unos versos en estos momentos. Los apunto para no perderlos:

Permaneces
Como esa triste flor cuyo nombre ignoras,
En esta lenta sucesión de “ahoras”
Que es el presente a veces.

Inmutable,
Como una mosca inmóvil contra el espejo,
En este instante detenido y perplejo
De eternidad probable.


Ahora estamos en el camión-grúa viajando hacia Bujaraloz, la base más próxima del servicio de autopistas. Miro con aprensión mi furgoneta que va detrás cabeceando. Los faros cuadraditos y la rejilla del radiador le prestan una “cara” de niña buena de ojos grandes. Va diciendo: “sí, sí, sí” Parece un perrito siguiéndome a pesar de todo. El conductor de la grúa apenas habla si no es por la radiofrecuencia. Tiene un acento marcadamente maño. De vez en cuando Toni, Igor y yo nos miramos sin decirnos nada, poniendo una mueca de circunstancias y una sonrisa taciturna.

Pina de Ebro, Bujaraloz… en mis pensamientos fantaseo con alguna loma lejana donde se me antoja una refriega o una escaramuza de insultos habida entre los milicianos de la columna Durruti y los nacionales. Elijo cualquier punto y me digo que no es imposible que precisamente “esa” vaguada o “aquella” arboleda hayan sido testigos mudos de las batallas del 36. Inutilmente trato de sentir, mirando este paisaje, lo que ellos sintieron entonces.

La base de servicio correspondiente a esta zona de la autopista A-2 está en un llano expuesto en medio de la nada. Estamos en abril. No quiero ni pensar lo que será esto en agosto. Hay un gran aparcamiento a merced de un viento desolador y varios edificios bajos y largos de bloque beige; Hay una fuentecilla artificial que mana en un pequeño charco de cemento sin sentido. Al fondo veo las cabinas de peaje de una de las salidas de la A-2.
Se huele el olor caliente y dulzón del asfalto. No se puede evitar un pequeño nudo de desamparo en la garganta.

Les explico a mis compañeros que la telefonista de la compañía de seguros no ha querido, en principio, hacerse cargo de los instrumentos y amplificadores que llevamos. En la segunda llamada el gruista ha intercedido por nosotros y muy sabiamente se la ha llevado a su terreno. “Son músicos; ¿Qué harán ellos en destino sin sus guitarras, señorita”? Después yo me he puesto al aparato y, tras un tira y afloja, ha cambiado el registro y me ha preguntado con una voz muy sexi por el nombre del grupo y mi dirección web.
“ Es bastante inusual vender discos de esta manera”, le he dicho.
Igor y Toni me miran con una gran interrogante por encima de su coronilla. “El sol pega fuerte. Ponéos a la sombra” les aconsejo.
Hay un infinito saber estar en la actitud paciente y callada de mis compañeros.

Midiendo con pasos el asfalto hasta la fuentecita seguimos esperando al taxi que nos llevará a cuenta de la compañía de seguros hasta Reus junto con todo nuestro equipo. El sol baila la danza de los cuchillos.

El taxi ha llegado. Es una Renault Space ultra-moderna con olor a coche nuevo. El back-line ha entrado y nuestro equipaje también ha entrado. Son las ventajas de ser un trío modesto.
Volamos por la autopista de nuevo después de tres horas de tribulación. El taxista es un hombre de mediana edad, macizo de cuerpo y hablador por los codos. Diría que es realmente simpático, con ganas de comunicarse. Está encantado con su maquinita de detectar radares y programar rutas. Le ha puesto una voz masculina admonitoria y un avisador que suena exactamente como las campanas de una catedral en domingo. Con chismes, bromas y veras vamos devorando los 200 kilómetros que nos separan de Reus. A menudo me cruza el pensamiento mi furgoneta abandonada en el área de servicio y cómo volveremos a Donosti después del concierto de mañana en el teatro Bartrina. Sólo puedo ahuyentarlo y decir “ya veremos”.

Jordi Rue nos está esperando desde hace tiempo subiendo y bajando la calle de su casa, en el centro de Reus. El taxi nos ha dejado justo enfrente del portal y aún con los trastos en la acera ha salido hacia un nuevo destino. “Con un poco de suerte hago el retorno a bandera bajada” ha dicho.
“Adiós, adiós, muchas gracias señor taxista… hasta nunca quizá, quién sabe”. Ya casi le había tomado cariño a este hombre, qué tontería.

Jordi Rue es un jóven profesor de matemáticas en el instituto de Reus, un romántico apasionado del pop donostiarra, hasta tal punto que diría que es el hombre que más sabe de nuestra propia historia, veinticinco años atrás hasta el presente. Antes que nada adora a los Duncan Dhu, pero si alguien le habla de La Cofradía o de La Dama se Esconde, por poner un ejemplo, sabrá dar datos y fechas con pasmosa seguridad.
Como es natural, Jordi ha conocido, en lo que respecta a mi aportación a esa historia, las maquetas de UHF, Amor a Traición y los últimos discos de Deriva. No se le escapan las apariciones ocasionales en discos ajenos como los de Sanchís y Jocano o Kike Mingo, etc. Comoquiera que Jordi es una persona ilustrada, de la escuela estoicista, amante de las artes bellas y de trato agradable, no nos ha sido difícil mantener una correspondencia fluida los últimos años. Puso su empeño en hacer la presentación de “Harresilanda” en su ciudad y para ello habló con tirios y troyanos. Apuntó alto y, sin ser “manager produccion” ni nada que se le parezca, consiguió su objetivo, su fecha y su contrato, con la junta que dirige el Teatre Bartrina. Empeño admirable, ciertamente. Y aquí estamos.

La casa de Jordi es un ático levantado en la azotea de un edificio del carrer de Sant Joan con vistas a los tejados y las antenas de Reus. Una especie de skyline provinciano con un encanto indecible. Los vencejos giran chillando en el cielo azul próximo. Suenan cercanas las campanadas de alguna iglesia. Un rumor de ciudad en marcha se escucha por debajo y sin embargo el terrado permanece a salvo, caliente y en calma íntima, como un claustro gótico elevado. Nuestro anfitrión ha preparado dos habitaciones para nosotros y un frigorífico lleno de víveres para estos dos días. Como detalle de bienvenida nos ha regalado a cada uno un mapa callejero de Reus, camisetas impresas con la palabra DERIVA, una gran bolsa de avellanas, producto estrella de la tierra, y unas botellas de vino catalán de muy buena pinta. Lleno de un orgullo modesto nos ha enseñado también las hojas de mano que ha escrito con datos biográficos y discografía del grupo, etc, para la promoción del concierto de mañana.

Estamos deambulando por las calles de la ciudad. Jordi nos explica la historia del caballo de bronce del general Prim, en la plaza de su nombre, que tiene la grupa vuelta hacia Tarragona, como símbolo de una rivalidad eterna entre las dos ciudades. Me fijo en la cara del general, impávido sobre el caballo a tres patas. He leído muchas páginas acerca de este gran hombre nacido en Reus. Me ha gustado leer historia pura y dura sobre el desembarco y la revolución de 1868. He sido un lector empeñado en los Episodios Nacionales de Galdós en la que tantas veces aparece. Incluso he leído un libro viejo y raro que me regaló el mismo Jordi acerca de su asesinato misterioso en 1870, seguido de una gruesa biografía minuciosa (que he salvado un poco con lectura diagonal, lo confieso). He sido un … cómo lo diría: un fan de Prim, en una palabra. Fue un héroe popular, un folletín. Ahora es polvo, humo y nada, como dicen los místicos. Peor que nada: Apenas un bronce oscuro frente al Fortuny.

Las Terrazas de los cafés bullen en este atardecer mediterráneo. Las muchachas enseñan generosas las carnes. Los comerciantes del domingo cuadran la caja. Los viejos charlan en corros. Es una ciudad pequeña, hacendosa y ordenadamente limpia. Cruzando la plaza del Mercadal nos acercamos hasta el Teatro Bartrina para curiosear el entorno y seguimos nuestra tournée de callejas y plazuelas. La noche termina en la cervecería Ferretería, una de las sorpresas que Jordi se reservaba, sabiendo con cuánto fervor había de admirar yo esta taberna tan pintoresca.

Sobre la azotea de la casa de Jordi, con el torso desnudo, la noche caliente, una cerveza última en la mano, mirando distraidamente los tejados y el vago resplandor del cielo, disfrutando de este momento de intimidad y silencio, espero a que el sueño me llegue finalmente.

Lunes 23 de abril de 2007. Día de Sant Jordi.
10:30 h.

Teatro Bartrina
Estamos desayunando los tres en la terraza de un café muy cerca de la casa de Jordi Rue. Curiosamente he encontrado té verde gunpowder (sin menta añadida, ni zarandajas) en la carta del bar y además servido en una hermosa tetera. Aprovecho el momento para hacer las gestiones del alquiler del coche que necesitaremos mañana para regresar a Donosti. He recordado que la Sociedad General de Autores tiene un descuento para los socios acordado con la firma Hertz. Con grandísima pereza me decido a llamar para ir reservando el vehículo. Pido una segunda tetera y enciendo mi primer farias del día.

Ha venido a nuestro encuentro Jordi luciendo su camiseta de DERIVA con la intención de enseñarnos la ciudad hoy en su ambiente festivo del día del libro y la rosa. Finalmente el asunto del coche de alquiler está solucionado. Nuestro anfitrión me salva el último escollo y nos llevará al aeropuerto de Reus donde mañana nos darán las llaves del vehículo, a entregar después en el centro comercial Garbera de San Sebastián. He alquilado un ford ranchera, ranchera o “space wagon”, como se dice en el horrible mundillo automovilístico. Hago las cuentas sorbiendo gravemente los últimos tragos de té. Por experiencia sé que las cifras de las teleoperadoras son engañosas y en un principio no incluyen seguros (opcionales, sí, pero ineludibles por la enorme franquicia que dejan al descubierto), ni kilometraje adicional, ni impuestos, ni apertura del contrato (otro absurdo). Toni se atraganta cuando oye el montante de lo que nos saldrá la broma del coche alquilado; Igor me mira con los ojos desorbitados: unos 320 euros todo incluído, a excepción de la gasolina. Hago un subrayado enérgico en el papel y tiro a la mesa el bolígrafo. Me reclino sobre la silla y me aguanto.

La ciudad está animada a más no poder. La plaza del Mercadal revienta de colorido y bullicio de gente. Hay puestos de libros bajo los soportales y en la extensión franca de la plaza. Cada partido político tiene su chiringuito con su logotipo y su colección particular. La gaviota del partido popular se enfrenta al rojo y negro de los anarquistas y los republicanos nacionalistas a los de la liga comunista internacional. Jóvenes estudiantes venden a 3 euros rosas de todos los colores envueltas en celofán a quien quiera que pase a su lado. Un gigante corpulento vestido de Elvis canta por un megáfono una cantinela grotesca y manicomial pidiendo el voto para sí en las próximas municipales. En el centro de la plaza hay un plató de televisión local retrasmitiendo en directo y por alta megafonía la entrevista con algún concejal de circunstancias. Todos nos perdemos un poco dando vueltas a la plaza.
Hojeo en un pequeño puesto unos libros con fotos sobre la guerra civil en Reus escritos en catalán. Hojeo unos libros sobre alimentación macrobiótica. Hojeo un volúmen acerca de Jacinto Verdaguer y la poesía de la Renaixença. Es una bonita mezcolanza. Finalmente no me compro nada. Ni siquiera la rosa que me ha ofrecido insistiendo la “bien plantada”: una muchacha preciosa, estudiante, con una pegatina troskista en el pecho. (¿Se puede pedir algo más sexi?). Le hubiera comprado el gran ramo entero.

Estamos comiendo con Jordi en un restaurante modesto de menú muy arreglado. Es una taberna con solera y con un patrón muy pinturero y atento, solemne, ataviado con gran delantal blanco que le alcanza los tobillos. Como diría un castizo, la manducatoria es flor de canela y se compone de tres platos donde entra una ensalada que se agradece mucho tras la menestra y el rabo de buey, ciertamente. Hoy me salto el vegetarianismo: quizá esté a falta de proteínas. Después de la comida, sufriendo un poco de desfibración y soñolencia, vamos caminando lentamente bajo el sol hacia el apartamento de Jordi para no perder la costumbre milagrosa de la siesta, ave fénix de los excesos.

De nuevo en la calle, a media tarde, visitando los vetustos salones del Centro de Lectura y la biblioteca magnífica que posée el Teatre Bartrina por su entrada histórica de la calle Mayor. Algunos pocos empollones clavan la mirada bajo las lámparas modernistas mientras una señorita encargada, de falda bien recta y entallada a la zaga poderosa, nos mira recelando tras las gafas sin montura. Paseamos las estancias de tarima crujiente: Se pide silencio. Altas vidrieras de libros; maderas de roble y bronces decimonónicos; mapamundis con mares nunca antes navegados y globos terráqueos; placas de mármol conmemorativas; cielos rasos historiados. Casi me ha parecido ver asomarse al ciego Borges.
¿Qué os parece? les digo susurrando a Igor y Toni.
Obedientes a los avisos se quedan en silencio, suspensos, torciendo el cuello hacia las alturas.
Creo… – pienso para mí- creo que es un sitio perfecto para abandonar un cadáver. Quiero decir, para intentar el arranque de una novela de intriga psicológica, a la manera de Dickson Carr o uno de estos británicos por el estilo. El entorno lo vale.

Se acerca la hora de la prueba de sonido. Jordi llama por móvil para convocarnos y bajar de su ático los amplificadores y las guitarras. A falta de ascensor hacemos una cadena escaleras abajo con los trastos, excepto para el gran bafle Sinmarc de Toni que ayer dejamos en un rincón del portal, escondido tras las cancelas entre hojas de periódico, como si eso pudiera disimular un bulto tan evidente.
Bajando las escaleras se me ha resentido el menisco roto. Ya se me pasará,
aunque algún día tendré finalmente que ponerlo en quirófano.

Entramos al Bartrina por el muelle de carga que da a la plaza trasera. La puerta enfrenta directamente un gran montacargas que salva apenas cuatro escalones hasta el nivel de las bambalinas. Todos los muros están pintados de negro mate y se alzan desde los cuadros de luces hasta los mecanismos altísimos de telón como sombras opresivas y apabullantes. De puntillas, conscientes de nuestra insignificancia, hemos recorrido este breve tramo tan lleno de misticismo y horror sagrado que son los bastidores. Los técnicos de sonido ya están en su trabajo de cableado. Unos pasos más allá, al doblar los lienzos laterales, descubrimos con los ojos embelesados el soberbio tendido, fulgurante de luces doradas, iluminado con todo su esplendor magnífico. Tres balconadas de platea recorren de lado a lado la media circunferencia alcanzando la alta bóveda suspendida sobre el patio de butacas. Todo está expectante, y aunque absolutamente vacío, no diría yo deshabitado. Me inquieta ver que todo está orientado hacia la escena donde me encuentro. Que tantas filas de butacas sólo tienen sentido por cuanto que existe este escenario. Me siento un agujero negro, un punto de fuga masivo. El corazón da un vuelco. Siento un vértigo mareante y por un momento me quedo mirando el espectáculo a la inversa: desde las tablas hacia las plateas iluminadas.

Santos Ionesco, Bretch, Sastre, el ruso del jardín de los cerezos que tanto me gusta, (ahora no me acuerdo de tu nombre), Santos Lope y Valle Inclán, San Buero, San Beckett, Santos cómicos de la legua, yo qué sé… derramad sobre mí la gracia de la musa y el deus ex máchina de la inspiración para el monólogo de esta noche. Os lo pido temblando, lleno de fervor y con dos lágrimas en las mejillas: una, la del amor y la gloria; otra, la del fracaso y la soledad.
Concededme …

Igor me despierta de las ensoñaciones. Me toca en el hombro y me pregunta dónde me parece que tiene que poner la pandereta y el cajoncito flamenco. Me quedo confundido: ¿Cajón flamenco? ¿No eran timbales y gongs? Estos baterías…¡ siempre tan terrenales!

Rafa Berrio.
ZBLT.