SALA GARUFA de La Coruña.

coruña lamarina30 de marzo 2007. Viernes.

Con un día de antelación salimos a las 9:30 de la mañana hacia La Coruña para nuestro último concierto subvencionado por Artistas en Ruta. En Carrión de los Condes, a mitad de camino entre Burgos y León paramos a comer nuestra tartera de tortilla española y beber el agua de Mondáriz que traemos. Austeridad a medida del paisaje. A nuestro lado ha pasado un jóven pastor envuelto en una manta raída y detrás de él un pequeño rebaño de ovejas buscando tal vez las alamedas del río cercano. Un grupo de rock, parado aquí, resulta una incongruencia monumental. Casi siento vergüenza. Cambiando la realidad, por un momento se impone el Siglo de Oro, y nosotros debemos ser los sucesores del retablo de Maese Pedro, sin duda.
En la ruta, me han impresionado los gigantescos viaductos de hormigón construídos sobre el Bierzo y las vertiginosas alturas que salvan, rozando apenas las laderas más vírgenes de las montañas. Hice este mismo camino en el 86, pero no recordaba nada de esto. Qué pena que España haya progresado tanto.
Por lo demás llegamos a La Coruña sin novedad, ya de atardecida. Es una visión maravillosa esta ciudad en su frente marítimo. El sol dorando los cristales de los miradores blancos, las arcadas de piedra en penumbra.
Igor y yo soñamos con nuestra primera cerveza. Toni no quiere nada. Dejando la furgoneta en cualquier lado, hemos venido a parar a la cafetería más burguesona de toda la capital a juzgar por lo que se ve, enfrente del teatro ****. Quiero fijarme bien en las caras y las maneras de estas señoras coruñesas que charlan, con su acento tan dulce y tan líquido, tomando a sorbitos tónica o una taza de café, servidas por adustos camareros uniformados, que a su vez nos vigilan a nosotros.
¡No me puedo creer que estemos de pronto en Galicia! Es extraño pensar que la vida ocurre simultáneamente “en todas partes” y que nosotros estemos ahora “de este lado” sorprendiéndola.

Siguiendo el litoral, y adentrándonos en las murallas hacia lo alto, no nos ha costado demasiado encontrar la calle ****. Marcos, el patrón del bar Garufa, ha salido a buscarnos al bodegón cercano donde finalmente hemos parado.
Marcos me ha recordado, así, de pronto, a un jóven Anthony Queen. Los ojos del color que lo tienen muchos gallegos, algo como entre gris verdoso y ámbar ; la expresión marcadamente amistosa con un punto de sarcasmo en la mirada, y un deje en la sonrisa de golfería irresistible. De esta manera no me ha extrañado nada que me dijera que hace trabajos de actor en la televisión gallega encasillado en los papeles de villano. Tampoco se me ha cambiado la expresión cuando me ha contado su pasado como cantante de boleros y tangos. El físico lo tiene y el carácter es el destino.
Hemos dejado los instrumentos en el almacén del bar, y a pie, acompañados por Marcos, nos hemos dirigido hasta el hostal que nos han reservado en la zona comercial de la ciudad, una especie de “Baixa” semipeatonal y en cuadrícula que desemboca siempre en la plaza de ****.

La noche del viernes ha comenzado y todos los bares, todos los restaurantes, se ofrecen para nosotros, nuevos y desconocidos, en cada rincón, en cada callejuela, en cada esquina. Las pizarras anuncian pulpo a feira, navajas, berberechos, lacón y grelos, caldo gallego, morros y callos. Ya anticipo el ruido del Ribeiro jóven golpeando contra el cuenco de loza blanca formando espuma. Realmente los ojos no saben dónde parar la mirada. Las tabernas rivalizan en pintoresquismo. Deambulamos felices, dueños de nuestro tiempo y con el dinero quemándonos los bolsillos.

Sábado 31 de marzo.

Ayer noche Igor sintió su particular “diablo en el cuerpo” y nos despidió a Toni y a mí a la puerta del hostal prometiendo no volver demasiado tarde. Nos hemos dado todos la mañana libre y tenemos una cita para comer hacia las dos de la tarde.
Yo he ido a visitar en solitario el mercado central, después de desayunar en el bar donde toman su café con leche los tenderos de los puestos apenas cruzan la calle, o se lo llevan “take away” con una tapa de papel albal. Me he quedado mirando fijamente, parado como un tonto en mitad de un camino, los grandes manojos de grelos, sintiendo ganas de hundir la cara en tal frescura, el pequeño tamaño de las coles, los nabos blancos y nabos morados –inexistentes en Amalur – , las grandes hogazas de pan campesino, las pescaderías repletas de marisco… una exuberancia como en pocos sitios he visto. He intentado fijar en la retina las fisonomías de las pescateras y el habla de este chalaneo maravilloso de los mercados. Cuando me ha parecido que ya llamaba la atención y temiendo a estas brujas del mandil de hule, que te dan quince y raya y te venden un congrio por menos de nada , he salido y he agotado el centro de la ciudad tomando café aquí y allá, a veces resguardándome de los chubascos repentinos en alguna librería, en los soportales de algún teatro, lanzando con satisfacción el humo de mi farias a la vista de las chicas guapas coruñesas (por ejemplo), o frente a alguna plazuela encantadora algo apartada.
He sentido felicidad esta mañana.

A la hora de comer nos hemos encontrado bajo el sol en la plaza de ****. Ya he notado mudo y descompuesto a Igor. Con mala cara realmente tras las gafas negras. Sentados los tres a la mesa del bar de menús que hemos elegido, ni siquiera ha probado la ensalada que le han puesto. Al tercer suspiro le he “mandado” de buen grado a su habitación sintiendo bien lo que siente por pura experiencia. No le ha hecho falta decírselo dos veces y ha salido trastabillando. Toni y yo hemos picoteado a los postres su primer plato aún intacto . Vete a saber lo que hizo ayer noche o con quién estuvo.

Tras la siesta de 90 minutos en el hostal, he salido con Toni a dar un paseo por el puerto hacia el mar abierto en dirección a la Torre de Hércules, aunque sin llegar a ella. El aire de mar adentro levanta rizos al mar y azota la frente despejando la cabeza. Esta es la tierra de la familia de mi bajista y le supongo una emoción especial contemplando estas vistas marinas tan azules, aunque con Antonio nunca se sabe y es muy arriesgado aventurar lo que piensa. Un poco más allá de la curva de la muralla, dejando la costa a nuestra derecha, hemos subido por los jardines escarpados hacia la ciudad antigua, entre cañones napoleónicos y anticarros del ejército de Juan Carlos I, buscando sin prisa el Garufa donde nos espera el montaje y la prueba de sonido.
Nos hemos parado a tomar un té en una de esas cafeterías que el ayuntamiento debería declarar intocable, sentados en una mesa esperando a Igor, que llegará del hostal y al parecer ya se está recuperando de la cruda rigurosa que padecía.
Llega subiendo la cuesta con una sonrisa de complicidad y unos ojillos maliciosos como ponderando la calaverada de ayer noche que todos imaginamos. De mí recibe algunas palmadas de compadreo en la espalda y de Antonio cierta reprimenda suave del tipo Ay, ay, ayy… Nos cuenta algo de lo que pasó en esas horas ignominiosas mientras se embucha dos botellines de agua como quien no respira. El relato no me sorprende: la noche es la cosa más vulgar del mundo y siempre se repite.

Nos levantamos de la mesa. Ahora toca trabajar en lo nuestro, montar el retablo de papel maché, o el guiñol éste llamado Deriva (o Rafa Berrio Trío), que como trabajo, desde luego, es bien poco: Poner en pie la dramaturgia colorín y representar a la remanguillé apenas un puñado de canciones de mala muerte; doblar un poco la espalda saludando al respetable al término; beber desaforadamente cien ginebras mientras se empaquetan y se apilan los amplificadores en la furgoneta, y, agitando la mano, salir pitando de nuevo a la autopista hasta que la junta de la culata reviente en algún kilómetro remoto.

EPILOGO:

El GARUFA es un bar muy recomendable para tocar. Un verdadero nido underground en el corazón del barrio viejo de La Coruña. Hay un equipo de sonido sencillo pero efectivo (mejorable) si no se es muy exigente, y un escenario excelentemente situado con relación al público y viceversa. Marcos, del que hablado más arriba, que nos atendió y nos cuidó de lujo, el otro Marcos, que nos arropó en todo momento también, Pepe Doré, (del grupo Los Doré), que estaba ausente esos días pero que nos facilitó por teléfono todo cuanto yo pedí desde Donosti; Alvaro Dorda, el disjockey “residente” y músico, que puso esa noche la música más increíble que haya escuchado en años, (¡ Roky Erikson, Los Only Ones !), todos ellos forman la comandita del Garufa, un bar y una gente que ya, sólo por el cartelón de Carlos Gardel Sonriente que tienen en la entrada, ya me caen de… puta madre, hablando en plata.