Pabellón Universitario. Vitoria-Gasteiz.

28 de marzo 2007. Miércoles.
22:30 h.

“Siempre sublime no se puede ser” me dice Toni medio en bromas cuando regresamos del concierto de la Universidad de Vitoria. Yo le miro ensayando una media sonrisa que más se parece a un puchero infantil. Y es que realmente la actuación ha sido un “bluff”. Salir a un escenario es una cosa muy complicada. Con una visión superficial alguien diría que se requiere un gran ego para pisar las tablas, pero todo este ego desmesurado se sustenta en nada: pequeñas menudencias en torno a uno, supersticiones… A veces algo falla y todo se va al traste. Yo no he querido ni he podido sacar adelante el concierto. He salido al escenario con la personalidad minada por un trabajo, se diría, de zapa subterránea. Y es que en Vitoria han habido “antecedentes”, “gestos”, “circunstancias”… hechos absolutamente banales sin ninguna importancia, pero que unidos en una pu-ta ca-de-ne-ta me han dejado de rodillas y vencido. Ay… No quiero pensar en ello. La actuación ha sido una ful. Lo siento sobre todo por el público, por el poco público siberiano que había en la sala. (a pesar de la media página y la foto en la sección de cultura del Correo que ha escrito N. Artundo)

Nuestra vieja furgoneta Peugeot va recorriendo las largas rectas de Alava recién anochecida, camino de Donosti. David Soriazu, que esta noche ha tocado la guitarra en cuatro temas con DERIVA, conduce delante de nosotros su Ford Transit. Ha debido de pensar que estoy loco, o que soy un caprichoso. Lo siento, muchachos.