Cáceres. Corral de las cigüeñas

caceres21 de marzo. 2007

Por una llamada rutinaria a Cáceres, preguntando la dirección del hostal que nos han reservado, descubrimos la confusión de fechas a dos días del concierto. Desde allí me dicen que será el viernes. Yo insisto en que la cita es el sábado. Cerré este concierto para Artistas en Ruta hace meses, exactamente a mediados de diciembre, y ahora nadie está seguro de nada. De cualquier manera hay que tocar cuando el patrón del Corral de las Cigüeñas diga, pues no hay posibilidad de aplazar al día siguiente. Sale perdiendo Igor, que ha tenido que pedir el día entero libre en el trabajo, y todos nosotros en general, pues tendremos que viajar, llegar y tocar de seguido.

23 de marzo.2007
Viernes, 9 de la mañana.

Hoy estreno la furgoneta Peugeot de 6 plazas que he comprado de segunda mano a mi amigo el mecánico Javi “Doska”. Cuando llego a Larratxo a recoger a Igor y a Toni, éstos se ríen del trasto grande y oxidado que traigo conduciendo. Hacemos carga con facilidad pues la furgoneta, aunque mediana, bien pudiera contener 4 Derivas en directo. Salimos hacia las 10:00 de la mañana. La ruta es: Vitoria-Burgos-Valladolid-Salamanca y finalmente Cáceres. Tenemos por delante unos 780 kilómetros y un humor excelente.
Llegamos sin novedad a las 20:00 horas al centro de Cáceres. Luis, el patrón del Corral de las cigüeñas, que nos ha brindado todo tipo de atenciones, está atento con el móvil a nuestra entrada. Ahora nos dice que nos hemos confundido de ruta y hemos venido desde Salamanca por el antiguo puerto del Manzano (o algo así), que ya nadie toma desde que existe la autovía. ¿pero qué autovía? ¿dónde estaba la autovía?, nos preguntamos. Ya me extrañaba a mí que tuviéramos que atravesar unas aldeas tan desiertas guardadas por perros ladradores que salían al encuentro del furgón, y esa carretera llena de curvas al pie de los embalses. Eso sí, el paisaje era maravilloso, y el sol se hundió por aquellos parajes, rojo y gigante, en el espejo retrovisor.

Uno de los encargados del Corral viene a buscarnos a la glorieta donde nos encontramos. Estas son las anchas avenidas de la ciudad nueva. Con él a mi lado vamos metiendo la Peugeot por las callejas del casco antiguo espantando a los pobres transeúntes hasta llegar a la plaza de Santa María, justo a unos metros de la entrada del Corral, en la Cuesta de Aldana. Una vez más Cáceres nos admira con sus piedras viejas y sus torres llenas de cigüeñas perezosas. Por estas calles se filman películas renacentistas sin necesidad de trucar nada y parece que fuera a salir de cualquier cancela el señor de Toledo-Moctezuma con su paño negro y su golilla de gasa blanca.
Nada más llegar al corral pregunto a los camareros por Alexandra Whitaker y su niña. Les digo: ¿han visto ustedes por aquí a una chica con aspecto de guiri acompañada por una niña muy rubia de ojos azulísimos? Alexandra ya anda por aquí. Ha dejado recado de que volverá más tarde.
No tenemos tiempo de nada. Hay que montar rápidamente y acto seguido tocar. ¿ antes, puedo tomarme un güisqui… para el polvo del camino? Igor y y Toni me miran aprensivos. Tiene que ser de trago y arreando.

El Corral es un verdadero y antiguo corral a cielo abierto…  

Es un patio completamente cercado por un muro alto colonizado por hiedra muy verde. En el centro se levanta un ejemplar de palmera colosal y magnánima, y hay vegetación diversa por los rincones. Da una sensación de frescor y de acogimiento muy agradable. Hay mesas altas con sus taburetes repartidas por toda la superficie empedrada y de cuando en cuando un alto brasero calefactor en forma de sombrilla. Hay un mostrador abatible, como de playa, que se extiende en uno de los costados, y sí, es allí donde sirven el güisqui. Otro edificio bajo que se levanta a continuación contiene el bar “a cubierto”, una especie de pub de copas con su pequeño escenario. Pero esta noche permanecerá cerrado y sólo se abrirá el corral y la barra exterior.
Al otro extremo del portón de entrada al patio, junto a una esquina del muro, está el otro escenario, el de esta noche al aire libre. Es un semicírculo elevado de piedra desde el que se domina todo el pintoresco cuadro. Ya han puesto los tres monitores y dos técnicos de sonido están cableando cacharros diversos, de esos tan inevitables en el mundo del rock. Y también hoy estreno, además de furgoneta, amplificador para mi guitarra. Un Mesa-Boogie que he comprado de saldo en Kirol Music de la calle Zabaleta. Viene con su “carcasa de vuelo” toda compacta y plateada. Una cosa muy bella.
A Toni le hace ruido el ampli. Parece que tienen problemas con el retorno y hay un zumbido constante. Los técnicos dicen que será el envío a mesa. Será el “line”. Será la caja de inyección. ¿quién sabe? Toni parpadea incrédulo.
Igor monta su cajón flamenco pero se le ha roto la palomita que sujeta la pandereta al pie metálico. Se ha quedado mirando la rosca por un momento. Debemos arreglarlo con cuatro vueltas horribles de cinta americana. Empieza a caer el frío sobre el Corral y estoy un poco tembloroso, destemplado como las viejas. Echo de menos un chal.

Aparecen por el portón Alexandra y su niña Stella. Por el gesto entiendo que no les dejaban pasar a las pruebas de sonido. Hacía tres años que no veía a Sasha. Mi mejor amiga, mi fraternal amiga a través de los años y las ciudades. Mi semejanza, mi otro yo. Hoy ha tenido el detallazo, el bello gesto, de venir desde Sevilla en autobús, reservar noche de hostal, y mañana pasaremos casi todo el día juntos haciendo turismo y charlando por esta ciudad de Cáceres. Sasha está más guapa que la última vez que la ví. Con un semblante relajado y muy sereno. A veces es muy tímida, pero esa reserva sólo esconde una personalidad arrolladora. La niña Stella es un caso aparte. Ha crecido mucho en estos tres últimos años, y sus grandes y enigmáticos ojos azules me miran en silencio, sin perder detalle. Ella fue clarividente cuando aún no tenía 4 años y una tarde en Oronoz-Mugaire me señaló con el dedo y dijo apenas: “Drink-man”. Luego ya enmudeció como es su costumbre. De ella tengo también otro recuerdo: en mi casa hay un único adorno en las paredes y es su dibujo. Un dibujo suyo con una dedicatoria por mi cumpleaños que representa las montañas y el valle de Santa Engracia en Zuberoa. He dado un gran abrazo a Sasha, pero tengo que alejarme y seguir con el montaje del equipo. Con una cerveza y un refresco de naranja les he pedido que esperen sentadas en una de las mesas del patio, bajo los braseros encendidos de butano, y más tarde hablaremos con tranquilidad.

Por si fuera poco el ruido del ampli de Toni y el incidente del pedal de Igor, ahora mi nuevo ampli Mesa Boogie se va y se viene. De nuevo el terror sobre el escenario. Quiero decir que suena la guitarra y de pronto se va desvaneciendo, y de nuevo vuelve el sonido. ¿será una lámpara? Los técnicos lo miran fijamente como intentando resolver por ciencia infusa el problema. Todos rodeamos el trasto en un estúpido corro de las patatas. Finalmente alguien aprecia una lámpara estallada. Yo meto la mano y con cuidado, pues es cristal roto y muy fino, hago la extracción. La noche no está precisamente de nuestro lado. Ahora parece que suena de manera normal. La lámpara que le he quitado tal vez sea apenas un ornamento, un adorno inútil y engorroso, o sea, pura fanfarronería de la casa Boogie, pero no me fío, no me fío. El técnico decide colocarme también por línea en previsión de que vuelva a fallar y aplaudo esa cautela. La desconfianza se abate sobre nuestros hombros. Empezamos a sentirnos empequeñecidos, señalados por un augurio siniestro, y eso es el principio de un fracaso seguro.
La gente empieza a entrar en el Corral. Las mesas se van ocupando. Damos por finalizada la prueba de sonido y ya sólo queda tiempo de cambiarse de camisa en el bar interior que nos sirve de camerino, encender un puro y abandonarlo, dar un trago desesperado al vaso y ahí vamos. Si cierro los ojos aún puedo ver con claridad las rayas blancas de la carretera y la cinta gris del asfalto en movimiento hacia mí. Tengo el cerebro un poco calcinado, estoy aturdido de verdad y no me acuerdo con qué canción empezamos los conciertos. Toni me asiste como suele tener a bien hacerlo. En el escenario Igor se ha colocado mal. Está con su cajón de tal manera que no le logro ver con un vistazo rápido, sino que tengo que girar la cabeza… pero ya no tiene arreglo. Distingo en las sombras de la gente a Alexandra y a Stella en una mesa central del patio, sonriendo. Conozco muy bien esa bella sonrisa. Al fin un poco de serenidad… No sé por qué, me viene a la mente el área de pic-nic donde hemos comido esta tarde en la autopista, cerca de Burgos, y luego la cara precisa del gasolinero de Plasencia, y el sol rojo sobre el embalse… Dicen que cuando uno va a morir, en un accidente predecible, por ejemplo, el cerebro desvía la atención hacia cosas banales, como que te has olvidado las llaves, o el bolsillo roto que tienes que coser… Déjalo ahí. Comenzamos.